IMG_5160

Hacia la última frontera al Tibet…

Tras haber compartido con una familia sikh durante dos días el camino al famoso lago Hemkund Sahib, hice dedo hasta Badrinath, el último de los cuatro puntos de una peregrinación que estaba realizando a lugares sacros del Himalaya. Tuve suerte de ser recogido por un todoterreno que me permitió viajar sobre su techo. Tardamos hora y media en recorrer los treinta kilómetros que nos separaban de Badrinath, con el motor a poco más que ralentí, a través del camino más sinuoso que haya recorrido jamás, debiendo bajarnos varias veces a recoger piedras desprendidas. A cambio, tras cada curva se presentaba una visión del sobrecogedor paisaje que debaja sin palabras a todos los presentes.

Siendo aún temprano, al llegar caminé los tres kilómetros que me separaban Mana Gaon, un pueblecillo enclavado en la pintoresca curva que un río crea en el valle que recorre. Un tímido cartel a la entrada da la bienvenida al “último pueblo de India”. Llegar hasta aquí no es sencillo, por lo que, pese a la capital importancia religiosa del sitio, los peregrinos son escasos. A mi me hizo mucha ilusión alcanzarlo, pues años atrás había aprendido que en una cueva cercana, Veda Vyas – uno de los avatares más notables del hinduismo-, dictó el Mahābhārata, libro pilar de esta fe, a su escriba, el mismísimo dios Ganesh, que suele representarse con forma de elefante.


La entrada de Badrinath.

Paisaje entre Badrinath y Mana Gaon.

Cueva donde se escribieron los Veda.

Habitante de Mana Gaon.

Aún tenía tiempo antes de que cayera la noche, así que cuando los locales me dijeron que a doce kilómetros encontraría la cascada de Vashudara, que me definieron como espectacular, no dudé en acercarme a conocerla. Debí tardar dos horas en llegar, recorriendo un valle de belleza sublime, donde el verde de las laderas degradaba verticalmente su color hasta convertirse en el blanco de la nieve de las cumbres, y ésta, se evaporaba con las propias nubes. Sólo me crucé con un paisano en todo el camino, de quien sólo entendí en sus palabras “goofa”, que en hindi significa cueva. A los pies de la cascada encontré, efectivamente, una cueva, y en su interior a un saddhu y su baba. Los saddhus son santones del hinduismo, anacoretas que cortan cualquier lazo con la vida material y aspiran a través de la introspección y ejercicios descritos en los Veda a alcanzar la Moksha, o el estado propicio para abandonar el ciclo de reencarnaciones. Baba es una palabra que en varias lenguas asiáticas significa “papá”, y el hinduismo suele referirse con ella a aquellos saddhus que alcanzado cierto nivel, toman a otro saddhu a su cargo para instruirlo. Un baba tiene tanta necesidad de un saddhu como éste del primero. La cueva se hundía en el suelo, y una construcción artificial la cubría en su exterior. El saddhu era el único de los dos que hablaba inglés, además de tener una cultura envidiable. Me analizaba sutilezas entre puntos comunes y discrepancias entre varias religiones del mundo con tal maestría que anoté absorto varias hojas de mi cuaderno con sus enseñanzas. Centrándonos en el budismo tibetano, y su evolución a través del tiempo, me recordó lo relativamente cerca que estábamos de este país ocupado. “Sólo hay que ir más al Norte”, fue una de sus últimas frases antes de quedarnos dormidos.


Peregrino que llevaba comida a la cueva.

Mana desde la distancia.

Al dormir allí, escuchábamos la cascada.

La cena.

Y así, con la primera luz del día, ya estaba caminando, como mi amigo saddhu me dijera, hacia el Norte. No iba a abandonar tan rápidamente mi sueño de la infancia de conocer este país. A diferencia de lo que ocurría hasta la cascada, aquí ya no existía camino alguno, así que debía “inventármelo” yo mismo por donde juzgaba más conveniente. Cuando tenía sed, bebía del río. Caminaba a buen ritmo, seguro, y con toda mi ropa puesta. Pensé en avanzar todo lo que pudiera, y si en algún punto la orografía me lo impedía, volver por donde había venido. Exhausto al final del día, pues no hube parado ni un segundo, me acerqué a una cueva que encontré en la ladera. Me tumbé en el suelo, apoyando la cabeza sobre mi mochila, y pese a no haber comido en todo el día, cosa que en ese momento tampoco me importaba, me quedé dormido poco después a causa del agotamiento.


La famosa cascada de Vashudara.

A modo de mantra me repetía mentalmente “Tibet, Tibet”, mientras avanzaba tomando cada vez más altura por aquel valle, en cuyo final moría un glaciar de dimensiones colosales. La parte final del mismo, la que veía, no mediría menos de quince metros de altura. Vestía zapatillas de deporte, vaqueros, y dos camisetas, más otra de manga larga. En la mochila me restaban dos mudas, unos pantalones, aparte de un cuaderno que usaba para anotar impresiones y dos libros que me habían regalado aquel viaje. Me sentía ligero, pero eso no me evitaba temer que al girar el valle, encontrase otro glaciar, que me hubiera complicado, si no impedido, continuar. Tuve suerte. No pocas veces tuve que sortear algún tramo de hielo, pero estaba comenzando Septiembre, y las temperaturas no congelaban todavía todo el valle. Cayendo la tarde, encontré otra cueva, donde vivía la única persona que encontré en dos días. El ermitaño que la habitaba me ganaba por goleada, no habiendo visto a nadie en más de tres meses. Tenía como toda posesión un par de recipientes para preparar te, una buena cantidad de esta planta, algunas patatas, otras zanahorias, dos libros de hinduismo y unas cerillas. Cuando le pregunté de qué se alimentaba, me señaló a los tubérculos, contándome como con eso tendría para todo el invierno. Nuestro organismo, me explicaba, no necesita tanta cantidad de comida como habituamos a darle. “Todo es una cuestión de cómo hemos educado al cuerpo”. El que en breve las nieves y hielo helasen aquel lugar, dejando a este anacoreta, y quienes habitasen cuevas cercanas, totalmente aislados hasta la primavera, me hizo creer lo que me contaba. Posteriormente aprendí que hay saddhus que aprenden a controlar tanto su cuerpo que se alimentan exclusivamente de te, otros de leche… Aquellos valles estaban flanqueados por enormes montañas, y nadie había jamás subido a la cima de muchas de ellas, donde, como me afirmaba este saddhu, vivían algunos dioses, motivo por el que tantos anacoretas decidían buscar alguna cueva cercana para vivir.


El nublado camino al Tibet.

El nublado camino al Tibet.

No tenía reloj y las baterías de teléfono y cámara estaban agotadas, así que supongo que sería poco después del amanecer, con las primeras luces entrando por la cueva, cuando desperté y reanudé mi camino. Por lo que más tarde leería, sobrepasé cotas de más de cinco mil quinientos metros de altura, aunque nunca tuve pinchazos en el cerebro a causa de ello. Con la excepción de algunos minutos que me senté poco después de beber agua fundiendo nieve, anduve de nuevo todo ese día, sin parar. Ya no me importaba alcanzar o no el Tibet. Recorrer aquellos valles que, eran suficiente recompensa y sobradamente justificaban la felicidad que gastaba aquellos días.

Jamás olvidaré el momento en que vi en la distancia un muro de piedra, que encerraba un pequeño refugio de idéntico material, y un numeroso rebaño de yaks, esos peludos animales naturales de estas tierras. Corrí hacia allí, queriendo confirmar mi sospecha de que debía haber alguien dentro. Abrí la pesada puerta de madera, comida por la humedad en sus extremos, cuando se presentó una imagen que recordaré de por vida: tres hombres, vestidos a la manera tradicional, sentados rodeando unas ramas en las que calentaban chai y tsampa. Me hubiera cortado un dedo por saber qué se les pasó por la cabeza al verme entrar exhausto, sudando mares y chorretones por todo el rostro, y vestido con unos vaqueros y camiseta sucios. Pese a que ingenuamente saludé en inglés, tardaron varios segundos en reaccionar, y en dirigirme alguna palabra, casi tartamudeando, en tibetano. Rompiendo el hielo, pregunté señalando al suelo: “¿Bóo?”, única palabra de tibetano que conocía, y con la que se refieren a su país. Su afirmación provocó tal sonrisa en mi cara que también cambió las suyas. Lo había conseguido. Estaba en el Tibet.


Mapa de Google Earth mostrando desde el aire la zona que recorrí.

Ataviados a la manera tradicional, estos caravaneros volvían a su poblado tras haber vendido sal en algún lugar del Este del país. Conté veintiocho yaks, animales que usan para la carga, y de los que al trasquilarlos salía la ropa que llevaban, y al ordeñarlos, una particular mantequilla que daba origen al tsampa. Ésta es una receta tradicional tibetana consistente en mezclar dicha grasa, de un agrio característico, con te, y a veces levadura u otro cereal. Es una grasienta fuente de calorías que permite sobrellevar el frío propio del Himalaya. Con el cielo ya oscuro, caímos rendidos, cuando, entre risas, parecía que el siempre útil lenguaje de gestos se decidía a echarnos un cable y hacernos entender mejor. A la mañana siguiente, tal y como despertaron, me explicaron que partían corriendo, pues temían que empezase a nevar. Pese a que alguna nube manchaba el cielo, a mi parecer no eran de tormenta. Pero siempre hay que dejarse orientar por quienes más saben de esto, y yo entre ellos era un pardillo en temas de metereología. Además, en diez días debía estar en Nueva Delhi para volar de vuelta a Europa, así que juzgué volver la opción más coherente. Les hubiera acompañado, siguiendo su invitación, pero sabía que la nieve de alguna tormenta en aquel lugar podría dejarme aislado mucho tiempo. Al explicarles gestualmente que volvía a India por donde había venido, se llevaban las manos a la cabeza. Me entregaron, a modo de amuleto, una mala -el rosario típico tibetano-, que en recuerdo de aquellos días, suelo llevar en el cuello, y unas patatas hervidas, de las que di buena cuenta en mi camino de vuelta.

Salvando los desniveles – ahora hacia abajo-, podía avanzar bastante más rápido, que unido a mi inquietud por que el tiempo cambiase, me hacían casi correr, como si alguien me persiguiese, situación cuanto menos irónica, ya que me encontraba a cinco mil metros de altura, y no había un asentamiento al menos en cien kilómetros. Gracias a los picos y glaciares que se veían, recordaba en qué punto del camino de vuelta estaba, y supe que gracias a la energía de ese día, había recorrido lo mismo que en los dos anteriores. Vi una enorme gruta y junto a ella una cueva. Procediendo como en la ida, me acerqué hasta ellas, y entré gateando en la segunda, donde me recibió una imagen sobrecogedora. Un saddhu de aspecto pintoresco, con un tridente shivaista clavado frente a él, encendía un pequeño fuego. Tenía el cuerpo cubierto con ceniza, y al verme entrar y saludarle en hindi y continuar conversación en inglés, me respondió sin inmutarse con gran perfección en esta lengua. Había estudiado Literatura Británica en Bombay, y pese a su vida acomodada en un país como India, había decidido devenir un saddhu. No es que fuera más feliz, me aseguraba, es que estaba donde debía estar. En India es estiman unos seis millones de saddhus, y dentro de estos existen varias ramas. Mi nuevo amigo pertenecía a los aghori, grupo bastante criticado por sus prácticas esotéricas extremas. No sólo sorprende que llevasen la calavera de su maestro una vez muerto para usarla como recipiente alimenticio, sino que practicasen el canibalismo necrofágico, o la ingestión de heces y orina. Pese a todo esto, tras exponerle algunas de mis dudas sobre hinduismo, comenzamos una conversación que se alargó horas y que cuento como la más interesante de todo ese viaje. Rompiendo con la extendida idea en Occidente de que estas personas viven en una dimensión paralela, lo que más me sorprendió fue el diseccionado análisis de cuanto ocurría y había ocurrido en el mundo, a escala macroscópica y microscópica, fundamentado en la psique humana, o esas fuerzas psicológicas que el hombre trata de domar en su interior. Conocer estas fuerzas, su origen, y en esencia, a uno mismo, me razonaba, era la clave para entender la vida.

Extenuado y con las piernas temblorosas del esfuerzo, pasé la primera cascada con la tarde del día siguiente a medio caer. Entré rápido en la cueva a agradecer a mi amigo saddhu lo que me había enseñado, y la conversación que fuera serendipia para que llegase al Tibet. A pesar de no haber conocido este país como tal, ni llegado a Lhasa, el monte Kailash o el lago Mansarovar, me sentía pleno por la experiencia de aquellos días. Decidí continuar a Mana cuando supe que aquella noche maestro y baba realizaban ejercicios para los que intuí preferían estar solo, aunque nunca me lo dijeran así. Un par de horas después, distinguí Mana en el horizonte. Me senté nada más entrar junto a una casa donde vendían arroz con verduras, y pedí un bol rebosante que comí con la mano derecha en un santiamén. El dueño, al verme tan hambriento, me regaló otro igual cuando le conté de donde venía y que apenas había comido en cinco días. No sólo había perdido peso, sino que al sentarme, me apercibí de que la suela de las zapatillas se había agujereado.


Callejuela de Mana Gaon.

Volviendo a casa tras todo el día arando.

Mujeres bothia que cantaban durante la ceremonia.

Campesina bothia.

Mana Gaon estaba habitado sólo los meses estivales, pues el resto del año era, literalmente, cubierto por la nieve. Sus habitantes pertenecían a la etnia bothia, de origen mongoloide-tibetano. De hecho, el “both” con que comienza su nombre alude al mismo “Bod” con que los tibetanos se refieren a su tierra, aunque los propios bothia prefieren asociarse con los clanes rajputs del Rajastán que migraron en durante el siglo XV al Tibet, donde instalaron colonias, y a la vuelta a India se establecieron en los altos valles del Himalaya, donde me encontraba. Existen tres ramas dentro de los bothia: aquella que habita principalmente en Sikkim, la que lo hace en Bhután, y ésta, acotada a la zona denominada Gharwal. Hablan bothi, una lengua que necesita de caracteres tibetanos para transcribirse, y que había escuchado antes en Laddakh. Sea como sea, una de las peculiaridades de este pueblo es la religión que practican, compuesta por una mezcla de animismo, budismo bon e hinduismo. Así se explica que muchos bothias lleven colgando huesos de animales o ancestros a modo de amuletos, siguiendo la creencia animista de que su espíritu les protege, o pinten su frente un bindi, ese punto característico de la fe hinduista con el que imploran protección a las deidades.


Tejedora con su hijo juguetón.

Paisanas bothia, auténticas maestras del tejer.

Caminando entre sus calles, camino a Badrinath, una artesana tejía con un artefacto de madera, bastante tradicional. Al pararme a jugar con su hijo -y a descansar, pues estaba físicamente derrotado- me probó un gorro de lana de yak que me impidió pagarle. Pero la sorpresa vendría minutos después. Al escuchar cantos en el centro del pueblo, me acerqué curioso, descubriendo a unas mujeres cantando. Me senté cerca, junto a un abuelete bonachón que encendía una fogata, siendo objetivo de la atenta y curiosa mirada de todos los presentes. Un joven se me acercó, y explicó que estaban agradeciendo los buenos cultivos de la temporada, y homenajeando a algunos muertos. Cuando tradujo a sus paisanos el motivo de mi viaje a India, y cómo había llegado allí, me hicieron un rito en el que de alguna manera me bautizaban en su religión. En parte era debido a que, como me contaban, en 1962 el gobierno hindú prohibió la entrada en Tibet a través del paso Mana, por donde yo había entrado, y que era a veces usado por los bothia con fines comerciales. Controlar el paso montañoso es harto difícil, así que el ejército construyó un cuartel cercano a Mana, y los bothias resignados debieron cesar su actividad. Desde entonces no transitan esa ruta y el saber que venía de recorrerla les alegró.


Me bautizan con un bindi en la frente y me obsequian con arroz.

Plaza donde se realizaba la ceremonia.

Aún me quedé hasta caer la noche con los bothia, mientras me enseñaban el interior de sus casas, jugaba con los niños o me mostraban los instrumentos y tótems para ceremonias. Para dormir me acerqué a Badrinath, donde quedé fascinando por la vida espiritual de su ciudad, y unos días después, tras convivir en un ashram en Rishikesh, a orillas del Ganges, tomé un autobús a Delhi desde donde volé de vuelta a Europa. Pero todo eso, será otra historia

Cansado del "viajar para encontrarse a uno mismo", comencé a hacerlo para buscar al otro. Querer no sólo ver sino experimentar en primera persona la diversidad cultural de nuestra especie me ha llevado a convivir con tribus, viajar con nómadas, dormir con anacoretas en cuevas o monjes en monasterios, entre otras experiencias. Y sin quererlo encontré en todos ellos ese yo que buscaba. Viajo a pie, en autostop o transporte público y aquí comparto lo que voy viviendo en el camino.

Hay 67 comentarios

Añadir más
  1. moonflower (Carol)

    Maravilloso artículo Antonio! Por unos momentos he creído estar yo misma, caminando sin aliento por esos valles del paso Mana.

    Una historia que formará parte de tu ser toda tu vida. Espectacular experiencia! Es como para estar orgulloso de tal hazaña:-)

    Un abrazo

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Carol! Siempre da muy buen rollo leer tus comentarios.

      Claro, recordaré esa historia de por vida, y más que la falta de aliento (a la ida a Tibet sí que lo noté más, pues serían unos dos mil metros de desnivel en total hasta coronar el paso más alto)… no olvidaré el hambre con que aparecí en Mana. No lo he escrito, pero al llegar esa noche a Badrinath, aún cené otra vez más.

      ¡Muchos abrazos y gracias de nuevo!

  2. pablo_v4

    genial relato y mejor experiencia, he aprendido cosas de las que no tenía ni idea de los saddhus. Soy un reciente seguidor de tus relatos, pero con este me has convencido para ser un fiel. De los viajeros a los que sigo y pretendo parecerme en un cercano futuro, creo que destacas bastante.
    Mi enhorabuena y ánimos para seguir con estos viajes y seguir contándolos de esta forma tan genial

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias por tus palabras Pablo!

      Los saddhus son un mundo particular, que te animo a conocer viajando a India. Se aprende mucho conviviendo con ellos.

      ¡Espero seguir viéndote por aquí! ¡Gracias de nuevo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Ali, por tus palabras y por lo de Señor, jeje! Todo un honor viniendo de una viajera como tú.

      Parte de la gracia de poder vivir experiencias así es compartirlas, aunque no siempre es fácil poner por escrito tantas impresiones o resumirlo todo en textos relativamente cortos y legibles.

      ¡Gracias de nuevo!

  3. Victor

    Antonio. Sin palabras nos dejas a los que te leemos. Estoy en el trabajo y la verdad no tengo mucho lio… y he estado leyendo tu relato a la vez que leía también el libro “el monje que vendió su Ferrari”, y me estaba dando la sensación de ser tú el protagonista de mi libro y que donde llegaste en este relato era el lugar donde meditaban los Sabios de Sivana… Flipas… te lo juro que le he puesto tu cara al protagonista del libro…

    • Antonio Aguilar

      ¡Gracias Victor!

      Pues supongo que los Sabios esos del libro estarán inspirados en algunos yoguis que se afirman llevan viviendo más de cuatrocientos años en el alto Himalaya, y que sólo bajan para impartir enseñanzas en algunos Khumba Mela o momentos de especial necesidad de la Humanidad. Y si la leyenda es cierta, no deben andar lejos de esta zona que recorrí.

      Sea como sea, te animo a acercarte algún día más allá de Badrinath y Mana Gaon, ya verás qué maravilla.

      ¡Un abrazo fiera!

    • Antonio Aguilar

      ¡Gracias Fer!

      Deliciosas hubieran sido las fotos que un maestro como tú haría en semejante espectáculo natural. Pero bueno, aún estás a tiempo para ir…

  4. José Carlos DS

    Impresionante experiencia, lo más cerca que he estado del Tibet ha sido en Nepal y si ese país me encantó, Tibet tiene que ser espectacular.

    Gran relato, ojalá alguna vez pueda estar por allí 😀

    • Antonio Aguilar

      ¡Gracias José Carlos!

      La verdad es que como dije arriba, esta es una experiencia que recuerdo a diario, aunque no conozco el Tibet como tal, más allá de esta incursión, tengo unas ganas locas por recorrerlo en profundidad.

      Y Nepal, coincido contigo, una maravilla…

      Y espero que algún día conviertas el “ojalá pueda estar allí” por “qué buenos recuerdos cuando estuve allí”

      ¡Gracias de nuevo compañero!

  5. Paco Piniella

    Acabo de venir de Nepal pero lo tuyo es un paso o tres pasos más, qué barbaridad. Saludos viajeros.

    p.d. ¿Quieres intercambiar blogroll? Déjame un comentario en el mio en ese caso.

    • Antonio Aguilar

      Hola Paco,

      Muchas gracias por tu comentario y por escribirme. Nepal es un país maravilloso. A mi me enamoró, tanto por sus gentes como por su orografía.

      He estado echando un ojo a tu blog, que no conocía. Me parece muy interesante! ¡Seguiré pasando y comentando!

      ¡Gracias de nuevo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Victor!

      Os animo a conocer alguna vez esa zona del mundo tan maravillosa. ¡Y espero que nos veamos pronto en alguna ciudad para compartir cena de nuevo!

      ¡Un fuerte abrazo!

  6. pablomz

    Hola Antonio,

    He llegado por casualidad a encontrar este blog. Soy un apasionado de los viajes, me lo guardo en favoritos para seguirte a menudo. No dejes de escribir porque aunque las experiencias sean difíciles de explicar con palabras, si uno deja volvar la imaginación podemos llegar a viajar con el relato casi sin salir de casa.

    Un saludo

    • Antonio Aguilar

      ¡Hola Pablo!

      Muchas gracias por tus palabras. Me animan mucho a seguir compartiendo historias viajeras. Como dices es difícil expresar en tan poco espacio las vivencias, reflexiones y sentimientos de estas historias, procuro hacerlo de la forma más amena posible.

      ¡Espero seguir viéndote por aquí! ¡Gracias de nuevo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias!

      Aunque sólo conocí ese ínfimo lugar de Tibet, me pareció de belleza sublime. Espero poder conocerlo en profundidad algún día.

      Un saludo.

  7. José Luis

    Hola Antonio:
    Gracias por hacerme sentir ser tu compañero de viaje.
    Es la primera vez que te leo y estaré pendiente de tus próximos viajes.
    Dos preguntas: cuando viajas por lugares inseguros:
    ¿Llevas todo el dinero que vas a necesitar encima y en efectivo?
    ¿Si te robaran todo, cuál es el plan para superar la situación?
    Es que me agobia un montón el tema del llevar dinero en un viaje a según que lugares.
    Un saludo y felicidades por materializar tus sueños.

    • Antonio Aguilar

      Muchas gracias José Luis por tus amables palabras.

      Suelo llevar el dinero y documentos de valor en un portadocumentos oculto bajo la ropa, y ésto protegido por dos bolsas herméticas para evitar que la humedad o agua los deterioren (una vez tuve que meterme en un río sin tiempo a quitármelos y se humedecieron demasiado). Llevo luego cantidades pequeñas en el bolsillo, así si me quieren robar entrego esa parte justificando que es todo cuanto tengo, y salvo el groso.

      De todos modos, el mundo no es ese lugar peligroso que tienden a vendernos, y los robos no están tan a la orden del día. Evidentemente hay sitios y sitios, pero en general, no suele pasar nada.

      ¡Gracias de nuevo! ¡Un saludo!

  8. Lluis

    Impresionante relato en el que el camino es el propio viaje y el fin en si!
    Cuanto me gustaria recorrer toda esta región, pero mientras no lo haga tu me la acercaste un poco.

    Gracias y un abrazo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Lluis!

      Tu comentario me recordó al poema “Ítaca” de Cavafis.
      Tú que eres un enamorado de Laddakh y Sikkim estarás encantado en esta zona, que aunque distinta, mantiene cierto aire similar. ¡Te animo a conocerla cuando puedas!

      Por cierto que en alguna zona de Laddakh siguen quedando bothias, aunque con alguna particularidad distinta a éstos de Mana.

      ¡Gracias de nuevo Lluis! ¡Un fuerte abrazo!

  9. Enrique Joven

    Impresionante viaje y estupenda descripción, Antonio. Yo he tenido que hacer “casi” el mismo viaje, pero por interet, y no es lo mismo. Supongo que conoces el primer viaje de un europeo por allí, tu tocayo el jesuita portugués Antonio de Andrade…, (aparece ese viaje como un capítulo de mi próxima novela, es estupendo conocer las cosas de primera mano).
    Un abrazo.

    • Antonio Aguilar

      ¡Hola Enrique!

      Muchas gracias por tu comentario. ¿Así que estás escribiendo sobre las andanzas de mi tocayo jesuita? Tenme al tanto de la novela, que me interesa mucho. Conozco y tengo los libros (el gobierno portugués los hace públicos de forma virtual) de Antonio, sus cuitas para llegar al reino de Guge, las persecuciones cristianas, deportaciones a Laddakh… Soy un enamorado de los viajeros del pasado, y sus historias me resultan de gran inspiración.

      Seguimos en contacto.
      Un abrazo.

  10. Jota

    Gracias por acercarnos a esas fronteras que parecen inalcanzables! Seguro que muchos hemos estado vibrando algo mas alto gracias a tu experiencia; experiencia única e irrepetible por nadie. Enhorabuena .

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias por tus palabras y comentario Jota!

      Te animo a conocer los alrededores de Mana, una auténtica maravilla, que seguro te hará vibrar fuerte.

    • Antonio Aguilar

      Muchas gracias Mario por tu comentario. Espero que disfrutases leyendo la entrada. No me es sencillo plasmar en palabras todo lo que pude experimentar aquellos días,así que agradezco mucho vuestras palabras.

      ¡Gracias de nuevo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Mª Mercè!

      Me dibujó una sonrisa tu comentario. Yo también disfruto mucho leyendo tu blog, sobretodo a las zonas “menos conocidas”.

      ¡Nos seguimos leyendo!

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Marcos por tu exagerado comentario!

      Te animo a conocer esa zona del globo, seguro que te deja maravillado.

      Gracias de nuevo.

  11. Núria

    Antonio, no tengo palabras. Además de un relato precioso y encantador, tu ruta es sorprendente. andar y andar sin temor a perderte, sin temor a dormir sin cobijo, sin comida, sin agua… cuántos momentos vividos al calor de la lumbre, cuántas sensaciones, y qué dulzura recibir el calor de la gente. Felicidades por seguir a tu corazón.
    un abrazo!

    • Antonio Aguilar

      Muchas gracias Nuria. Me ha tocado tu comentario. Lo cierto es que cuando estoy viajando veo todo bastante más lógico, factible y fácil que cuando no lo estoy. El que luego pueda hacer historias como ésta me hacen pensar que nos hemos acostumbrado a vivir en una zona de comfort muy reducida. Viajar nos enseña a ampliarla, que hay otros mundos, otras realidades, a salir de nuestro etnocentrismo…

      Mil gracias de nuevo.

  12. serendipia

    me pongo serendipia porque me encanta esa palabra, porque a tí te encanta 🙂

    ..fascinante

    no puedo evitar dejar de sentirme incrédula ante la idea de que sobrevivan con tan escaso alimento.. ¿será el no desgaste físico al estar quietos? ¿será realmente posible el control a través de la mente de las necesidades fisiológicas? ¿y el agua? ¿podrían controlar su necesidad también con la mente? me fascina..
    y que tú aguantases en esas condiciones también, comiendo tan poco, andando tanto.. nos queda tanto por descubrir.. tantas capacidades aún no explotadas..

    las prácticas de los aghori me ponen la piel de gallina.. ¿ese es el hombre del que comentabas fascinado cómo podía tener semejantes conocimientos del mundo y de todo estando ahí encerrado?

    esa mala, ¿es la que yo conozco? 🙂

    BRAVÍSIMO, como siempre

  13. Laura Fernández

    ¡Impresionante, Antonio! Me ha gustado muchísimo tu aventura, aunque para vivirla hace falta ser muy valiente, no todo el mundo podría haber llegado hasta donde tu lo hiciste. Todas esas historias de su religión me parecen súper interesantes. ¡Qué pasada!
    Un saludo!

    • Antonio Aguilar

      Muchas gracias por tus palabras Laura. Yo no soy ningún valiente, no creas, pero cuando te ves tan cerca de alcanzar un sueño… ¡hay que darlo todo! Aprender sobre estas personas, sus vidas y todo lo que me enseñaron me justifica de sobra el pasarse unos días en esas condiciones.

      ¡Muchas gracias de nuevo!

  14. Flapy

    ¡Brutal la experiencia!, gracias por el relato.

    Como ahora estoy en China, lo primero que se me viene a la cabeza es… ¿no tuviste problemas con las autoridades chinas o este acceso es un rincón tan recóndito que ni ellos lo vigilan?

    Entrar desde China al Tíbet es realmente difícil pero es una asignatura que tengo pendiente.

    Gracias por tu relato.

    • Antonio Aguilar

      Hola Flapy. Me alegra leer un comentario tuyo por aquí, ¡muchas gracias!

      Pues sí, como dices, esta zona está tan aislada que no hay control alguno de pasaportes. De hecho, durante seis meses (como mínimo) al año, ni siquiera es posible recorrerla por las condiciones, tampoco hay poblaciones cerca, ni asentamientos, nada…

      Yo también sueño con conocer el Tibet en profundidad, a ver si nos vamos a encontrar algún día rodeando el Kailash o a las puertas del Potala!

      ¡Muchas gracias de nuevo!

  15. roberto

    facinante realmente facinante, que envidia (pero de la buena) te leo y me miro,y es que siempre he querido conocer esos lugares pero para eso hay que cumplir ciertos requisitos entre ellos el vil dinero, pero ya con leerte ya es bastante.

    • Antonio Aguilar

      Hola Roberto. Muchas gracias por tus palabras.

      Te animo a emprender ese viaje que ansías, y a conocer el paso Mana que describo levemente en esta entrada. El dinero es menos necesario para viajar de lo que parece a priori.

      ¡Mil gracias de nuevo!

  16. pak

    Impresionante como siempre Antonio… que aventuras vives y que bien las cuentas.

    Con esta entrada dan ganas de ir directo a Tibet, pero a tu manera, por supuesto… aunque no todo el mundo es capaz de ello me gustaría verme en la tesitura 😉

    No se si hace mucho que no pasaba por aquí pero el cambio de diseño me ha gustado mucho, y si encima vas a actualizar más a menudo… este blog se convertirá en referente (si no lo es ya).

    Saludos!

    • Antonio Aguilar

      ¡Qué honor tener un comentario del gran Pak! 🙂

      Muchas gracias tío por tus palabras. No es fácil resumir todo lo que viví y experimenté aquellos días. Y nada, una vez en la tesitura, ya te digo que hubieras hecho lo mismo. ¡No se abandonan los sueños así por así!

      Jeje, de referente nada. ¡Las estadísticas del blog me caben en un post-it! Y sí, el diseño lo cambié hace poco, y aún me queda mucho por hacer. ¡Ya sabes la de curro que lleva un bicho de estos!

      ¡Muchas gracias de nuevo, compañero!

  17. Vero4travel

    Eres un viajero auténtico y un escritor magnífico, has conseguido que sintiese que estaba en el Tibet sin aliento como tú, perfecto como lo narras. Por cierto la imagen de google maps lo dice todo.

    Chapeau.

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Vero!

      Me alegra saber que pude transmitirte todo lo que me cuentas. Cuando llegué a la casilla de piedra esa iba hecho un adefesio, con chorretones por todos los sitios, manchas, sudores. El hijo que las madres no quieren ver, jeje.

      ¡Un saludo!

  18. Matías

    Impresionante relato Antonio, casi se puede sentir esa sensación de internarse en “otro mundo”, esos encuentros….admiro esa forma de viajar que te lleva a sitios y experiencias realmente únicas. Un abrazo

    • Antonio Aguilar

      ¡Gracias por tus palabras Matías!

      Realmente esa zona me pareció “otro mundo”, no sólo por estar aislada de cualquier reducto de gente, sino por la extraña naturaleza de los pocos que viven en sus cuevas.

      Te animo a conocer el paso Mana por ti mismo algún día.

      ¡Gracias de nuevo!

  19. Juan David

    primero, genial articulo!, al leerlo lo viví en mi mente. He estado ojeando tu pagina y me pareces como un modelo a seguir, siempre he querido recorrer el mundo y bueno, leer tus vivencias me motiva más a cumplir mi meta.

    PD: ¿Has pensado ya en recorrer latino américa?

    Saludos desde Colombia!.

    • Antonio Aguilar

      Hola Juan David.

      Muchas gracias por tus más que exageradas palabras. Te animo a viajar y descubrir nuestro planeta. Si puedo ayudarte en algo, no dudes en contactarme.

      Claro, tengo muchas ganas de recorrer América del Sur. A ver cuando hago realidad el sueño.

      ¡Gracias de nuevo!

  20. marisel

    fantasticos tus cuadernos de bitacora !!!!!! relatoa amenos y tan vivenciales !!! GRACIAS por compartirlo y cuando puedas ven a America del Sur lleno de experiencias incas y mayas un abrazo desde Argentina

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias por tu comentario Marisel!

      Tengo muchas ganas de conocer América del Sur. ¡Espero que no tarde mucho en cumplir el sueño!

      Un saludo y gracias de nuevo.

  21. Trini

    Increíbles las fotos y tus relatos. Este si que es un viaje único. Como me gustaría que la vida me diese la oportunidad de hacer un viaje así !!!
    si quieres podemos seguirnos. Saludos,

    Trini

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias por tu comentario Trini!

      Espero que puedas conocer algún día esa zona del mundo, y que nos lo cuentes en tu blog.

      Saludos.

  22. marcos

    hola Antonio, he leído varias cosas que has escrito y tengo que decirte que eres un privilegiado. Escribes muy bien y aunque dices que te cuesta plasmar esas vivencias, yo creo que lo haces de maravilla, aunque bien es verdad que no es lo mismo leerlo que vivirlo. no he viajado nunca en plan mochilero pero no sabes cuanto me gustaría. Ahora me estoy planteando tirarme a la piscina y hacer un viaje por el mundo. Me da un poco de vértigo empezar porque no conozco prácticamente nada y no voy muy sobrado de dinero, quiero aprovechar ahora que soy joven. bueno un saludo y felicidades porque haces que parezca mas fácil.
    P.D. Sigue escribiendo!!

    • Antonio Aguilar

      Hola Marcos. Muchas gracias por tu comentario.

      Claro, te animo a viajar por el mundo. El dinero es menos necesario de lo que a priori parece. ¡Ya verás como el viaje te acaba enganchando como una droga! Si puedo ayudarte en cualquier cosa, no dudes en darme un silbidito.

      ¡Gracias de nuevo!

  23. Bea - ViajarViviendo

    Sencillamente: Excelente!!!!! Me cuesta creer que te animaste a ir sólo por esos caminos, y me encanta de sólo imaginar lo que se debe sentir! El momento en que te dicen “Boo?” y te das cuenta que estás en el Tibet es emocionante! Tienes un montón de artículos geniales, pero ya sólo por este, te hemos elegido para los Liebster Awards. Suponemos ya sabés de que se trata, pero aquí está el link: http://viajarviviendo.wordpress.com/2012/12/05/liebster-awards/
    Cuándo vas a contar de la malaria? ese miedo paranoico que tenemos todos los viajeros, y que lo viviste en carne y hueso!
    Saludos viajeros desde Argentina!

    • Antonio Aguilar

      ¡Hola Bea!

      Muchas gracias por tu comentario y por incluirme en tu selección Liebster. Sí, esta entrada del blog me trae una serie de recuerdos bastante bonitos, como el que comentas de saberme en Tibet al escuchar a estos nómadas locales.

      La malaria, pues no sé si algún día la comentaré dedicándole una entrada, pero que nunca sea freno para que ningún viajero siga conociendo nuestro planeta.

      ¡Gracias de nuevo saludos desde ESpaña!

  24. Francisco Po Egea

    Me ha gustado mucho tu historia, así como la de Changu Narayan. Me han hecho recordar mis andanzas por esas tierras de India, las fuentes del Ganges, y del valle de Katmandu entre 1977 y 1982.
    Volví a Hemkund, Badrinath y al Nanda Devi en 2011, mi penúltimo trekking.
    Te comprendo muy bien pues he sido como tu y te ánimo a seguir descubriendo mundo.
    Yo me he quedado sin conocer la península de Kamchatka y el Kailash, el cañón del Colca y muchos otros sitios.
    Ya nos contarás cuando vayas por allí.

  25. María

    Antonio ,felicidades realmente fue usted una persona con mucha estrella .
    Es imprecionante los paisajes que muestras mis respetos .
    Ojalá que todas las personas de dieran cuenta de lo maravilloso que es nuestro planeta
    Además me encanto me imagine por unos minutos estar por esos valles ,

  26. GONZALO

    Antonio, estoy agradecido por compartir tu gran aventura espiritual, tan rica en experiencias, que por momentos pierdo la respiración al ir leyendo tu relato tan vasto de lecciones que te dio la divinidad. Que la luz te siga iluminando tu camino.

  27. Agencia de viajes

    También es uno de mis sueños desde niño, recuerdo que lo vi en un docuemntal y a “todos esos señores pelones” como los llamaba yo a los 8 años, anhelando tanto el poder algún día recorrer y caminar los caminos que tú ya has hecho.

    Todo un orgullo encontrarme con tu blog, saludos.


Publicar un nuevo comentario