te en el desierto sahara de mauritania

Los viajes son sus gentes (I)

Uno de los objetivos que me planteé con esta web era recoger y recordar las tantas vidas “anónimas” que quedaban mal escritas en mis cuadernos de viaje o pululaban por mi memoria. Los ratos compartidos con un tendero en un zoco derruido en Irak, con aquel taxista en Calcuta, pastor en Bulgaria, monje en Nepal o brujo de una tribu africana, por mencionar algunos, son los recuerdos  que con el tiempo aparecen más candentes al echar la vista atrás. En definitiva, la gente con la que te cruzas. Son las personas quienes con sus vidas (me vale mucho más el acto que la palabra), consiguen hacerte reflexionar, observar, desaprender, inspirar y sin quererlo te acaban enseñando. En la humilde medida que puedo, me gustaría con estos textos (y los que vendrán) darles algo de voz.

Sidi: el conductor del desierto.

No sumaría más de quince casas aquel poblado del Norte de Mauritania. Rodeado por la arena y secarrales del desierto del Sahara, la noche había caído hacía horas apagando con ella la poca vida del lugar. El calor hacía imposible descansar en las casas.  Miraba al cielo tumbado sobre mi matla (una especie de colchón de la zona que hace las veces de cama). En idéntica posición, junto a mi, estaba Sidi, quien tampoco debía tener mucho sueño. Charloteábamos, formulándonos preguntas cortas que daban pie a largos silencios. Hablábamos del paso del tiempo, de cómo cambiamos las personas, de qué es lo que permanece y cómo todo ello afecta a quienes nos rodean. Así me acabó contando la siguiente historia.

puerto de nouadibhou en mauritania

Puerto de Noadibhou.

Mi mejor amigo -me decía-, lo es casi desde que nací. He bebido tanto del pecho de su madre como él del de la mía. Jugábamos juntos antes de saber hablar, y desde que andamos, a quien quisiera localizar a uno le bastaba con buscar al otro. Siempre íbamos juntos. Y así siguió relatándome, en mayor o menor detalle, anécdotas de ambos desde su más primeriza pubertad hasta la madurez. Los días de colegio, jugando en la calle, los primeros amores, problemas, trabajos, etcétera. Aquello se contextualizaba en la cultura e idiosincrasia de quienes se han criado en la mismísima Ruta de la Esperanza, donde las condiciones de vida son tremendamente duras. A los dieciocho años, viajaron para conocer el Norte de su propio país. Una noche, cerca del puerto de Nouadhibou, hicieron amistad con unos estadounidenses que pescaban en una barcaza. Pasaron la noche cogiendo pulpos, fumando, hablando de ésto y lo otro, hasta que llegando el amanecer los americanos regresaron a su barco sentenciando la noche con un “En un par de horas volvemos a Estados Unidos. ¿Os venís?”. Sidi, que no aceptó la invitación, vio a su compañero perderse en la barcaza camino del buque americano. De vuelta a casa, todos pensaron que su amigo había muerto. “¿Cómo iba a sonreír así, si mi mejor amigo estuviera muerto?”, respondía Sidi a todos sus vecinos. Hasta que un mes más tarde una llamada desde el otro lado del charco hizo sonar el único teléfono del pueblo, no acabaron de creerle. Y allí sigue su amigo, más de veinte años después, trabajando como funcionario, habiendo sido soldado en la guerra de Irak, casado y con dos retoños. “Me llama con frecuencia, y a veces me hace regalos estupendos. Que si un coche de segunda mano,que si ayuda para la boda de mi hermana, que si tal o cual cosa. Nos seguimos contando nuestras historias como cuando teníamos dieciséis. Parece que no pase el tiempo”. Hoy Sidi trabaja como conductor para una empresa de alquiler de coches, y pese a tener esposa y dos hijos, pasa meses recorriendo su país sin más equipaje que una pequeña mochila con un par de prendas, otra con útiles para preparar el imperativo té, y su bubu (túnica propia de la zona, en hassanía, la lengua local). “Me encanta lo que hago, y eso me hace feliz

te en el desierto sahara de mauritaniaSidi, como todo mauritano, es un enamorado del té.

No compartía todas las ideas de Sidi, pero me gustó la sensibilidad con la que me describió aquella amistad. Más aún me encogió el hecho de que una vida cambiara tan súbitamente. Aquel mauritano, de piel curtida y pelo rizado, tiene hoy su vida estructurada en un barrio de Washington gracias a haber decidido ir aquella noche con su mejor amigo a pescar a una cala. ¿No yace, acaso, parte de la esencia de la vida en el propio hecho de aceptar que al girar una esquina, recibir un correo o montar en un vehículo, tu vida puede, para bien o para mal, cambiar radicalmente?

El vendedor del zoco de Fez.

En su día Fez fue, por su importancia, una de las capitales del mundo. Y no se ganó tan pomposo título azarosamente. Las más prestigiosas universidades, mezquitas, bibliotecas o talleres de artesanía fueron congregando a poetas, santones, eruditos, calígrafos o artistas, propiciando que la ciudad emergiera como foco económico no sólo en su región sino propició que las rutas comerciales convergieran en ella. Corren, sin embargo, otros tiempos. Los manuscritos son ahora virtuales, las caravanas de camellos tocan el claxon y arrojan humo incesantemente. Y ese mismo tiempo ha evaporado la esencia que distinguía a Fez, homogeneizándola entre la de otras ciudades. O no tanto…

 Murallas de Fez, marruecosLas murallas exteriores de la medina de Fez.

Recuerdo algo como si fuera ayer: Un camionero me dejó en las murallas de la antigua medina de Fez, y comencé a caminar hacia su interior. No podía evitar recordar, a flashes, pasajes de relatos de mis héroes viajeros del pasado, como Ibn Battuta, León el Africano o Ibn Arabi, y sus descripciones y vivencias en esta urbe. Pero aún encima de ello, me invadió una sensación de “estar donde tenía que estar”. Todo me era nuevo, y me sentía un niño, tanto por la continua y pasmosa admiración que todo me producía, como por sentirme cumplidor de un sueño que había albergado desde mi más primeriza infancia: el adentrarme a conocer, de mano de sus habitantes, otro continente. Era mi primera vez en Marruecos, y en África, y aquella la primera ciudad en que me detendría (había llegado en barco a Tánger, pero tal y como llegué me fui). Así, imaginaba cómo serían hace cientos de años las mismas puertas que atravesaba, con guardianes custodiándolas, y cientos de camellos llegados en caravanas descansando en su exterior, sin dejar de sentir aquel impulso, más sentimental que racional, que me decía que no me había equivocado en mi decisión.

 Teñidores de pieles en Fez MarruecosTaller de teñidores de pieles en Fez.

No importa cuántas veces lo recorras, el zoco de Fez siempre es innegablemente caótico. Da un cierto regusto participar en el bullicio de sus calles, que tejen un anárquico y laberíntico mercado donde igual se venden especias que anticuallas, telas o dulces. Pero tanto o más gusta descansar durante unos minutos en los escasos puntos en los que el frenético trajín se relaja un poco. Casi siempre acabo haciéndolo en la misma plaza, donde varios herreros suelen martillear sus piezas. Y allí he encontrado, siempre y sin excepción, al mismo hombre. Vende menta, y otras hierbas para mezclar el te. Le caracteriza un corte en la palma derecha, y el gorro verde con que cubre su cabeza. Quiero pensar que una vez prepara en los mismos peldaños en que yo descanso su género, se pierde entre el mercado, anónimamente, para venderlos, y que mi puntual encuentro con él, varias veces en varios años, no obedece a más razón que la de que yo descanse en mitad de su rutinario recorrido laboral. Sé tanto de él como él de mi: nada. Sin embargo, fantaseo ilusamente con la idea de que igual que yo le he recordado tantas veces, él también se ha acordado de mi. Me resulta paradójico pensar que he hablado con tantos mercaderes en la ciudad, y nunca con él, cuando su presencia, ajena al hecho de que le observe y recuerde con detalle, me hace sentir que la ciudad sigue como siempre, y que como decía Nelson Mandela no hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado para observar cuánto lo has hecho tú.

 Plaza del zoco de Fez

Cada vez que pienso en Fez, y mucho más cuando paso por ella, me acuerdo inevitablemente de todos los mercaderes y amigos varios que he conocido, y especialmente de este vendedor, antes que de sus mezquitas, mausoleos o zocos. Con la óptica y perspectiva del necesario paso del tiempo, al catalizar los recuerdos, se me acaba imponiendo el paisanaje a los paisajes, y no dudo en seguirme reafirmando en que las ciudades, como los viajes, son sus gentes.

Cansado del "viajar para encontrarse a uno mismo", comencé a hacerlo para buscar al otro. Querer no sólo ver sino experimentar en primera persona la diversidad cultural de nuestra especie me ha llevado a convivir con tribus, viajar con nómadas, dormir con anacoretas en cuevas o monjes en monasterios, entre otras experiencias. Y sin quererlo encontré en todos ellos ese yo que buscaba. Viajo a pie, en autostop o transporte público y aquí comparto lo que voy viviendo en el camino.

Hay 15 comentarios

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  1. Víctor del Pozo

    Me imagino que con todos los viajes y la forma de hacerlos que tienes, historias de de personas te surgirán mínimo una por día… La primera de hoy, además de su historia particular, es algo que se tiene que tener en la mente siempre. Todos, absolutamente todos los actos que hacemos, tienen consecuencia, en menor o mayor medida…

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Victor!

      Claro que todo lo que hacemos tiene consecuencia. He ahí parte del intríngulis de ser humano, jeje. Y sí, he contado esta historia porque me encantó cuando la escuché, pero como esas nos rodean muchas, más de las que pensamos, a diario. ¡Ten cuidado, que nunca sabes cuándo va a cambiar tu vida!

      ¡Un abrazo, figuraa!

  2. pak

    Eres muy grande Antonio, vivan las historias, vivan las gentes y vivan los viajes.

    Me ha encantado la historia de Sidi y como cuando menos te lo esperas te puede cambiar la vida. ¿tu te hubieses quedado o te hubieses ido a los USA? 😉

    • Antonio Aguilar

      ¡Grande tú, que además vuelas!

      ¿Yo? Que si me hubiera quedado en mitad del desierto, o partido con dieciocho años a un mundo nuevo, en barco, cruzando medio planeta, a saber qué me regala la vida? Dicen que hay buenos milanos en Estados Unidos… 😉

  3. Alisetter

    Otro gran post, Antonio, muchas gracias por escribirlo y compartirlo 🙂 Efectivamente, los viajes sin sus personajes no tienen sentido, y conocer estas historias hacen que nuestra comprensión sea mayor que la de una imagen, que no siempre es lo mismo que mil palabras 🙂

  4. Carmen

    Me gusta la primera historia, no tanto por el hecho de que a aquel pescador de pulpos una decisión azarosa un día cualquiera le cambiase la vida, sino por lo que ese encuentro te la cambió a ti. Creo que las personas estamos hechas de la suma de momentos, de conversaciones, de encuentros… que vivimos con aquellas otras personas que conocemos a lo largo de nuestra vida. Y si bien la historia del mauritano es buena, me quedo con la segunda, no sabría decirte por qué. Que la historia del pescador se te quede grabada en la memoria es de alguna manera lógico, pero que recuerdes a ese vendedor del mercado de Fez con tanto detalle y cariño sin haber hablado con él… eso sí es fascinante, y te hace, le hace, os hace a los dos, al encuentro, a todo, mucho más especiales.

    Puestos a rizar el rizo, ¿recuerdas los personajes que tú y yo hemos conocido de manera individual en Asia, y meses después han sido reconocidos por el otro? 🙂

    PD: Al margen de todo, fantástica tu descripción de Fez. Me has trasladado allí.

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias Carmen!

      A mi una de las mil cosas que me encantan de todo este “conjunto de azarosas casualidades por todo el mundo” es el grado de unión que acabamos teniendo unos con otros. Ya conoces el experimento este de los “seis grados de separación”, que pronostica que entre dos personas cualquier de la Tierra, no hay más de otras seis de distancia. Es decir, entre ese cazador en taparrabos de Vanuatu, y un vendedor de dátiles del valle del Hadramout, no hay más de seis personas. No es que seamos seres sociales y necesitemos, indudablemente, del otro para vivir, sino que el grado de unión que tenemos es mucho mayor del que pensamos…

      Y de tu “erizando el rizo”… no sólo me acuerdo, sino que ¡casi saco a algunos de ellos sin darme cuenta en la siguiente entrada!

  5. Javi

    Increíble la historia de esos fieles amigos. Justo leyéndote, recordé la historia de un viejete vendedor de ultramarinos que conocí en Malta hace unos años. Un gran señor.

    Estuve hace unas semanas en tu exposición de fotos en la Sala Cero y como viajero apasionado, me declaro fan tuyo. Hace unos meses pasé por Marrakech y volví encantado. Fez está muy bien posicionado en mi lista de próximos destinos.

    Un saludo

    • Antonio Aguilar

      ¡Hola Javi!

      ¿Así que has pasado por la Sala Cero? Anda, ¡qué casualidad!

      El mundo está repleto de pequeñas historias. ¡Te animo a ir a Fez! Es una ciudad espectacular, y seguro que encuentras muchas historias que te encantarán.

      Un saludo

  6. Maricelis

    Hermosos todos tus relatos!! Acabo de descubrir tu blog y estoy francamente enamorada. Te has paseado por SurAmerica? Yo estoy descubriendo mi continente poco a poco y realmente aquí tiene otro color y otro ritmo. Es a veces un caos fascinante y distinto. Abrazos


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