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Nostalgia

Dicen que preguntando se sale de dudas. Yo no sé preguntar muy bien, pues al hacerlo muchas veces acabo con más interrogantes que respuestas. Pregunté hoy a un libro y me dijo esto:

nostalgia. (Del gr. νόστος, regreso, y -algia).

1. f. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.

2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

Tras leer la definición en el diccionario lo primero que descubro es que llevo toda la vida denominando algo con una palabra que en realidad significa otra cosa. La reflexión ha sido inmediata: ¿Cómo pueden catalogarse los sentimientos? Definir silla, mesa o lápiz, suena más sencillo, pero ¿Quién es esa persona, bien representando a la Academia de la Lengua de cualquier idioma o bien a título individual, capaz de definir con esa precisión de cirujano qué es la nostalgia, el amor o la locura?

Sea como sea, desde hace unas semanas estaba nostálgico. O lo que diantres estuviera, pues ahora sé que no se llamaba así. Dejémoslo, para mayor rigor léxico, en que simplemente que estaba. A secas. Dicen los maestros taoistas que “ser” es un estado supremo, una gracia que se alcanza, y que dista mucho del “estar”. Yo no debía tener los días muy taoistas, y sin embargo saboreaba el regustillo de esa nostalgia, o lo que quiera que fuera.

Una de estas tardes estuve viendo fotos. La cosa empezó por pura casualidad, si es que tal cosa existe. (Tras saber que mi nostalgia ya no es nostalgia, prefiero no preguntarle al diccionario por la casualidad para no llevarme más sorpresas). El asunto es que  más de un año después de haber enviado un correo a un antiguo profesor del colegio, recibí respuesta. Las cosas buenas se hacen esperar, supongo. La carta virtual traía de regalo una fotografía, en la que entre otros pubertosos me distinguí. Era un viaje de fin de curso a Cantabria, y posábamos en el Parque de la Magdalena de Santander frente a tres réplicas de barcos. Pertenecían a las expediciones en las que Vital Alsar, un navegante local, había rendido homenaje a grandes viajeros como Orellana. Yo entonces ignoraba todo sobre esas personas, pero afortunadamente tenía buenos maestros (y recalco maestros, que no profesores). Las gestas que relataban me cautivaron de tal manera que a mi vuelta casa busqué en la enciclopedia (sí, cuando eran de papel) más información. Y me enbeleśe como el enano soñador que era. Yo también quería vivir aventuras, sentir la libertad de la que hablaban esos diarios, conocer otras culturas… Un sueño se fue gestando sin que yo fuera consciente. Aún hacían falta más libros, más años y sobre todo más maestros.

Benditos y malditos tiempos en los que enviar recuerdos de Andalucía a China es cosa de segundos. Y curioso cuanto menos que recibas estos correos de aquellas personas, que sin saber desde dónde lees sus palabras, son con su granito más o menos grandes responsables de que las leas desde allí. Nunca se sabe cuánto puede tocar un pequeño gesto la vida de una persona.

Y seguí pensando. Cuando uno piensa mucho, el tiempo pasa corriendo o tremendamente lento. Esta tarde diría que ha pasado a la exacta velocidad en que viví los acontecimientos que me iban asaltando la sesera.  Pensaba en aquellos días de la infancia, en los que se es tan joven que la nostalgia – o como diantres se llame-, aún no tiene razón de ser y que sin embargo se recuerdan con cariño pasados los años. Recordé a todos esos maestros que la memoria retiene no por sus lecciones didácticas, sino por los valores, reflexiones y hechos que despiertan a posteriori. E inevitablemente aparecieron los viajes, donde azarosamente (ésta tampoco se la  pregunto al diccionario, por si acaso) he tenido la enorme fortuna de conocer a muchos maestros. Si bien ya en su momento sus frases, actos o miradas me impactaron, confieso que he sido un alumno desaplicado, pues a la mayoría los he ignorado. A veces la pobreza y riqueza no es material, y me reconozco egoista al haber tenido tantos de quien aprender y haber asimilado tan poco. Igual que dicen que las grandes obras de arte sólo surgen en crisis personales, quizá me hizo falta estar nostálgico (¿Existirá algún diccionario donde la nostalgia sea parte de una crisis?)  para entenderlos.

Y por mencionar algunas, de los que esta tarde (y su larga noche) fui recordando a modo de pasajes de cuento, aquí van algunos de esos maestros a los que espero alguna vez agradecer lo que probablemente sin querer me dieron.

poblado-nomada-rajastan-indiaPasé unos días procurando encontrar a los gitanos que habitan el desierto del Thar. Mi único hallazgo acabó siendo un poblado seminómada de familias de pastores. Me acogieron con esa sensiblidad propia de los pueblos nómadas, que dan sin esperar a cambio, pues saben que la vida cambia rápido las tornas y que pese a la contradicción léxica, dar es recibir. Pasé un par de horas jugueteando con los niños, otra buscando madera con la que encendimos un horno de barro en el que se cocinó el pan. Acabamos borrachos entre dunas.

Dormíamos al raso, y pensé que debe haber nómadas para que otros no lo sean. Blanco y negro. Ying y Yang. El mundo sería menos mundo si todos fuésemos nómadas o si nadie lo fuera. Cuando al último amanecer nos despedimos, me dieron los mejores deseos para mis padres, hermanos, y personas queridas. Tardé tiempo en darme cuenta de que la gente sin tierra tiene claro dónde están las raíces que merece la pena regar.

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Encontré a esta niña en las afueras de Zingichor, capital de la independentista región senegalesa de Cassamance. Jugaba entre las mesas en que su madre, en silla de ruedas, servía un alcohol destilado por ella misma. Los clientes, borrachos ya a medio día, llamaban “güiski” a la bebida cuyo parecido con la conocida de malta era tan ínfimo con la vergüenza y desparpajo de la niña para jugar con el “tubab” (“blanco” en su lengua). Hace ocho años de aquel verano, y aún recuerdo su cara cuando me fui del lugar. Dos días después volví a pasar por allí y entré a saludar sin dudar. Me dieron uno de los abrazos más sentidos que haya podido recibir. Eso sí, sólo en una pierna. A sus cinco o seis años, la chica no llegaba más alto. Su madre me dijo que durante dos días la chica sólo repetía, entre sollozos “ojalá venga mi amigo para volver a jugar”.

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En Laddakh, un antiguo reino vecino a Tibet donde los monasterios aparecen entre las cumbres nevadas del Himalaya encontré a este joven novicio. Era el primogénito de una familia y la tradición de la zona les obliga a internarse en un monasterio. Destacaba entre los otros jóvenes de su edad por que chapurreaba inglés bastante bien, así que en los varios días que pasé allí pasaba a saludarle con frecuencia. Le pregunté si estaba contento allí, o si hubiera preferido quedarse en su poblado con otros chicos, y me respondió algo asi: “Mis padres me enseñan muchas cosas, pero otras sólo las puedo aprender con los maestros de aquí. Algún día yo seré padre, y para eso también tengo que aprender. Es bueno tener maestros”. A mi rapado amigo, como a la mayoría de novicios del mundo, el budismo le importaba un bendito pimiento, pero no creo que le faltase razón alguna.

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Encontré a este chico en un autobús de Senegal. Era mi primer viaje a África, venía a dedo desde España y aun ignoraba  las largas esperas de un continente donde los horarios los marcan la juguetona rutina de cada día y no el reloj. Esperamos seis horas hasta que partimos. Llegamos al destino en cuatro. En la espera, la madre del muchacho me dijo algo que me marcó. “Si se vive deprisa, no hay tiempo para pensar ni sentir“. Yo, y supongo que mucho de los que resoplando se quejaban de las tantas horas de motor parado, nos hubiéramos reido de la señora si hubiera repetido la frase. Hoy, con la nostalgia calma de esta noche, lo veo desde otro prisma y me acuerdo con cariño de esa señora maestra.

 

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De Irak me he tenido que acordar forzadamente estos días y ver cómo se me encogía el corazón. ¿Cómo tenemos esa capacidad de destruirnos así? ¿Qué clase de mecanismo mental nos permite hacernos tanto daño? Todos deberían serlo, pero los días que pasé en ese país fueron un auténtico regalo. Y es que los mejores, como siempre, nunca son cosas. Los culpables de esto, como suele ser norma, fueron sus habitantes. Con un atardecer de esos que parecen que el cielo llore, un hombre de aspecto circunspecto me recogió mientras levantaba el pulgar en los territorios que hoy son del ISIS. Era profesor de Historia, y no tardé en preguntarle por los últimos conflictos de su patria. Tardó una hora en resumirme todo lo que había pasado en los últimos cuatro mil años en las mismas tierra que recorríamos. La cuna de la Humanidad era y había sido, paradójicamente -o no-, un hervidero de constantes conflictos. Le pregunté qué le movía a quedarse allí pudiendo elegir dónde vivir de todo el mundo. Y no sé si evitando la respuesta que hubiese esperado escuchar, me dijo algo así: “Los conflictos de nuestra sociedad, y los de todas las del mundo, no son más que reflejo de lo que tenemos dentro. Una guerra no es más que el reflejo exterior del conflicto interior de quienes la luchan. Por ello trabajar por el propio bien interior es irremediablemente paliar también los del exterior”. Hoy sólo espero que aquel convencido pacifista de Mosul no haya caido en las asesinas manos de un conflicto que poco -o mucho-  tiene que ver con él.

 

Cansado del "viajar para encontrarse a uno mismo", comencé a hacerlo para buscar al otro. Querer no sólo ver sino experimentar en primera persona la diversidad cultural de nuestra especie me ha llevado a convivir con tribus, viajar con nómadas, dormir con anacoretas en cuevas o monjes en monasterios, entre otras experiencias. Y sin quererlo encontré en todos ellos ese yo que buscaba. Viajo a pie, en autostop o transporte público y aquí comparto lo que voy viviendo en el camino.

Hay 6 comentarios

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  1. Subhadra

    Gracias por tus palabras, Antonio. Sin duda, la auténtica joya de tu texto es la cita del profesor irakí. Si en los colegios se enseñara a autoconocerse, a identificar y aprender a superar los conflictos personales, sin duda el mundo sería un mejor lugar para todo el mundo. Lástima que tantas vidas inocentes acaben en el sumidero por culpa de cuatro sátrapas. En fin, un gran saludo (mejor abrazo) y disfruta tu tiempo por España con tu gente más querida.

    • Antonio Aguilar

      ¡Muchas gracias por tu comentario!

      Sí, totalmente de acuerdo con lo que dices. El asunto es que no ha sido ese irakí la única persona que me hizo apreciar que “como somos por dentro, somos por fuera”. Otro cantar distinto es que aprendamos a sacar jugo de ello. Quizá ahí resida el sino de nuestra propia especie.

      ¡Gracias de nuevo! 🙂


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