Una incursión furtiva a un país invisible.

Nada dura para siempre, y mi paso por Mali llegaba también a su fin. Me dirigía a Kayes,en el Noroeste del país,pensando cómo proseguir mi viaje. La primera opción era visitar la histórica Walata, que ya se me escapase en otras visitas a Mauritania, aunque renuncié a ella cuando supe que facciones locales de Al-Quaeda estaban operando esos días en la única vía de acceso a esta ciudad, y ni los mauritanos se desplazaban allí. La segunda idea que me planteé fue conocer las dos Guineas, deteniéndome en las paradisíacas islas Bigajos, donde tortugas gigantes se dirigían esos días a incubar sus huevos. Sin embargo, intuí que me movía más la imagen mental que había forjado de este patrimonio natural, y que lo que realmente buscaba era un poco de relajación tras llevar un mes constantemente acompañado, y es que gracias a la enorme hospitabilidad del pueblo maliense, no había tenido ni un segundo de soledad, y lo buscaba para madurar las enseñanzas de ese viaje. Entonces me sobrevino una tercera opción: Meses atrás en España, se me había escapado la oportunidad de viajar a conocer las condiciones en las que viven los saharahuis en los campos de refugiados de Algeria y aportar mi granito de arena a su mejoría. Usaría ahora mi vuelta a España por tierra para adentrarme no en esos campos, sino en la República Árabe Saharahui Democrática (RASD), o el territorio de la antigua colonia española liberado por el Frente Polisario, y separado del ocupado por Marruecos por el famoso muro minado. Era el momento de conocer de primera mano qué se escondía tras ese muro, esa parte de la historia de mi país que lucha por ser escuchada desde el desierto, de hablar con esos españoles. Ahora sí tenía claro cómo proseguir, viajaría en autostop hasta la RASD, cruzando el Sáhara mauritano. Era hora de viajar al Norte.


Poblados del Sur de Mauritania, donde nos despedían al vernos pasar desde encima de sus chozas.

 Pero abandonar Mali no me sería tan sencillo. En Kayes averigüé que en el único paso fronterizo abierto a los extranjeros habían agotado lo formularios que han de rellenarse para salir del país, debiendo esperar al siguiente cambio de turno (tres o cuatro días) para que trajesen algunos nuevos. No dispuesto a perder tanto tiempo, decidí arriesgarme por una frontera permitida sólo para locales. Así, poco tardé en ser el noveno pasajero de un coche de comerciantes mauritanos que, preparando el cercano Ramadán, habían cruzado a Mali a comprar a sus vecinos dátiles a buen precio. En el camino a la frontera, bordeábamos el río Senegal, e incluso nos introdujimos algunos kilómetros en el país homónimo. Llegamos al atardecer a la parte del río que sirve de puesto fronterizo, cruzamos todos los sacos en canoas, y al llegar a la orilla mauritana uno de mis nuevos amigos me indicó quien era el jefe de la gendarmería. Con decisión me acerqué a el, estreché su mano derecha mientras hice seguir al protocolario “Salam Aleikum” de toda la retahíla de saludos en árabe que había memorizado fonéticamente. Una vez le hube deseado prosperidad, salud y felicidad para él y todos los suyos, amén de explicarle que acompañaba a aquel comerciante, y pese a argüirme que era el primer turista en cruzar por ese puesto, pues estaba prohibido, me prometió daría entrada legal al país sellándome el pasaporte, que custodiaría en el edificio que hacía las veces de comisaría aquella noche. Al final, todo había salido a pedir de boca siguiendo el clásico donde fueres haz lo que vieres. Aquella noche dormí con varias familias y los animales de los que vivían en un patio común a varias viviendas de barro.

Atardecer en el río Senegal, que crucé para entrar como un local en Mauritania.

Al alba siguiente, tras recoger mi pasaporte con un sello y una declaración de mi entrada a Mauritania escrita a mano, monté en el único vehículo que recorre cada cuatro días este recoveco del Sur del país. Varias horas nos tomaría llegar a Sili-baby, el pueblo principal de la región. En el camino, atravesamos enormes bosques de baobabs, con monos saltando entre ellos. Son los comienzos de la frondosidad natural que se extiende hasta África Central desde las estribaciones Sur del desierto del Sahara, donde me encontraba. Al carecer esta zona de tráfico alguno (así como de pistas o carreteras), los habitantes de las aldeas por las que pasábamos salían a ver el todoterreno y algunos se subían a sus chozas hasta que nos perdían en el horizonte o entre el follaje. Notando a alguien de piel blanca, la parada se tornaba obligatoria en muchos poblados. El jefe de uno de ellos me rogó que por favor escribiese mi nombre en un trozo de papel, que guardaría con otros bienes, para que le diera baraka (la suerte o bendición dada por la providencia) y prosperidad a sus gentes. Una vez en Sili-baby, hice autostop, consiguiendo un vehículo con el que recorrería en dos días los trecientos kilómetros que nos separaban de la carretera que corta el eje Sur del país, la conocida como Ruta de la Esperanza, que por sus historias se gana sobradamente el mérito de protagonizar otra entrada. Desde allí encontré otro camión en el que compartí cabina con no menos de veinte personas, viajando encorvado entre dos abuelos, que en un envidiable francés me relataron su vida, resultándome tanto más amenas las interminables horas que restaban para alcanzar la capital mauritana, y permitiéndome profundizar aún más gracias a sus testimonios en la idiosincrasia de este arenoso país.

Desperté en Nouakchott, y tras conseguir un puñado de ougiyas, la divisa nacional, en el mercado negro, me apresuré a buscar la salida de la ciudad dirección Atar. Tuve enorme suerte, pues el primer vehículo que paró al verme con el pulgar alzado se dirigía a Zouerat, donde yo había pronosticado no menos de dos días para llegar. Monté sobre la carga, agarrándome con ambas manos a la red que la cubría para no caerme, y tapando mi cabeza con un touareg, para evitar los millones de granos de arena que la fatal combinación de viento y velocidad acierta a estrellar contra tu cara. Durante las primeras horas marchábamos a gran velocidad, sobre una pista asfaltada comida por la arena, aunque poco después un giro a la izquierda, esto es, dirección Norte, fue comienzo del enorme trayecto desierto a través que deseaba. Así, entre dunas, manadas de camellos salvajes y un Sol que se escondía entre la infinitud del horizonte sahariano, continuaría el camino hasta el final. Cruzar el desierto a gran velocidad, en autostop, sobre un vehículo, para adentrarme en zonas poco (por no decir nada) trilladas sólo me traía una palabra a la cabeza: Li-ber-tad. Hubo varios controles, en los que los ocupantes del todoterreno llegaron a desesperar. Siendo extranjero, la ronda de papeles, miradas, registros y sobre todo preguntas, era eterna: ¿Para qué empresa trabajas? ¿Cómo que para ninguna? ¿Pero entonces qué haces por aquí? ¿Qué llevas en la mochila? ¿Por qué en tu pasaporte dice que estuviste en tal país? ¿Cómo sabemos que tu visado no es falso? ¿Estarás casado, no? ¿Eres musulmán? ¿Hablas árabe? ¿Y Tamacheck?… Pasando por Chuom, donde compré agua en el mismo local donde dos años atrás compartiera cordero con unos activistas del Frente Polisario, llegamos pasada la media noche a Zouerat. Pregunté por un alojamiento económico a un hombre en la calle, que rápidamente me invitó a su casa. Acabé dormido en su patio sobre una suerte de colchón. Ya estaba más cerca…

Parada para la oración.

“C’est imposible, mon ami” (Es imposible, amigo mío), repitió varias veces. Aquella respuesta,que me sentó como un jarro de agua fría, fue la del conductor del único transporte que siguiera al Norte del país, cuando le pregunté sobre cómo entrar en la RASD. Sin visado, permisos, salvoconductos o similares, era totalmente imposible. Además, aquellos días, no había transporte público alguno más allá de Bir Moghrein, el último asentamiento al Norte de Mauritania. Sentado en el suelo pensaba qué hacer. No había dicho que no a otros planes y viajado sin parar esos días kilómetros y kilómetros para quedarme en la misma puerta de mi objetivo, aunque por otro lado tampoco tenía muchas opciones. Estando ensimismado, y con la mirada perdida en el horizonte, pasó delante mía un todoterreno con una matrícula amarilla y cuatro números precedidos por las letras SH. No había duda, era un coche saharahui. Me levanté y corrí tras él con la mano alzada hasta que paró. Saludé al conductor en español, dando por sentado que entendería mi lengua materna, y pregunté si ese vehículo iba al Sahara. “Claro hermano”, fue literalmente su respuesta, que me dibujó una sonrisa en la cara, que un “dentro de una semana o así” se encargó de desdibujar. Menos daba una piedra, desde luego, pero no tenía tanto tiempo. Queriendo ayudarme, este hombre me acompañó a un edificio en el que el Frente Polisario tiene una pequeña oficina, una especie de consulado en esta ciudad mauritana. En su pasillo varios saharahuis compartían pan con mantequilla y una palangana rellena de leche de camella. Entre varias banderas de este país no reconocido, fotos de prisioneros políticos y enfrentamientos violentos con el ejército marroquí, se encontraba una puerta. En su interior, un despacho con un teléfono,desde el cual tras varias llamadas me confirmaron que nada podían hacer. Si quería visitar la RASD debería volar desde Nouakchott a Tindouf, al sur de Algeria, donde obtendría los permisos necesarios y entrar desde allí al Sahara. Mi gozo en un pozo. Agradecí la ayuda, no sin cierta resignación interior, y me dediqué a vagar por las calles de Zouerat. Recordé que el conductor del coche que había parado me dijo que iba a un taller en una plaza de las afueras, frecuentada por saharahuis. Tras media hora caminando bajo un sol de justicia, encontré esa plazuela, y jugué la que supuse mi última carta. Una vez bebidos los reglamentarios tes, pregunté si alguien estaba dispuesto a llevarme hasta los territorios liberados. Y mi suerte volvió a cambiar. Un jovenzuelo acepto mi propuesta. Me pidió ciento veinte euros, justo lo que llevaba gastado en algo más de un mes de viaje, pero no me dolieron, pues desde Bir Mogrein, trescientos kilómetros más al Norte, simplemente la ida costaba el equivalente en ougiyas mauritanas a cincuenta euros. Él me llevaría, traería y aún estaría tres días recorriendo parte del país. Además había un ligero añadido: por un lado carecía de visado para la RASD, por otro, la ley prohibía la salida de Mauritania por esa zona si se estaba en mis circunstancias. Amén de lo anterior, había controles militares y campos de minas a evitar. Debíamos ser invisibles…

 


Preparando la cena.

¡Hacia la RASD!

Y así, cayendo la tarde,poco antes del atardecer, abandonamos Zouerat en un coche antiguo de la compañía telefónica española. Mi nuevo amigo era joven, de apenas veintisiete años y como tantos saharahuis se ganaba la vida haciendo cada día algo distinto. Hoy compraba un poco de esto por aquí y lo cambiaba por un poco de aquello por allá. Mañana esto otro lo truncaba por algo de dinero, y este trajín comercial escribía su rutina. Hablaba un castellano más que elemental, aunque nos entendíamos bien “ a lo indio”. Apenas le faltaban cuatro meses para ser padre, y su mujer pariría donde luego vivirían, los campos cerca de Tindouf. Preparamos una pequeña historia, para que en caso de que nos parasen e interrogasen, contásemos la misma versión de cómo nos conocíamos y qué hacíamos por allí, aunque nunca tuvimos que usarla. Habíamos viajado a través del desierto, alejados de la ruta habitual que los pocos que recorren estas arenas usan, y ya bien entrada la noche paramos junto a unos árboles secos. Nos servimos de unas ramas secas para hacer un fuego, y cocinamos pasta con carne de camello en una cacerola, donde nos la comimos con las manos. Las noches en el desierto son frías, así que nos tapados con dos mantas cada uno, y enredada la cabeza al completo con el touareg,nos tumbamos para dormir. “¿Esto Sáhara o esto Mauritania?”, pregunté. “Sáhara”, respondió mi amigo. Un impulso nervioso me recorrió el cuerpo entero. Ya estaba dentro.


Camellos que nos dieron los buenos días.

Tras Tifariti y los campamentos, este es el mayor asentamiento de la zona.

Escribiéndolo ahora se me antoja cuanto menos cómico, pero en su momento me llevé un pequeño sobresalto. Supongo que atraídos por lo extraño de nuestra cama, un grupo de camellos salvajes merodearon un rato cerca de las mantas hasta que movidos por la curiosidad olisquearon nuestros pies, siendo el despertador de aquella mañana. Un par de horas después, una suerte de calle con unas veinte casas erosionadas por el viento arenoso se presentaron como el centro neurálgico del Sur del país. Una única tienda con víveres básicos, y varios barriles rellenos de gasolina algerina, sustentaban la economía local. Las primeras muestras de amabilidad comenzaron a llegar. Un mecánico, en cuyo negocio anunciaba públicamente su profesión en árabe y castellano, se apresuró a invitar al “hermano español” a un te con galletas. Otros pocos vinieron a conocerme e intercambiar impresiones. No podía estar más en casa, pues frente a mi un enorme contenedor de los que los camiones emplean para transportar mercancías aún tenía escrito el nombre de una compañía de muebles de Lucena (Córdoba). Otros camiones habían maquillado sus laterales con graffitis proclamando la independencia saharahui.


Base de Naciones Unidas cercana a Tifariti.

Bandera de la RASD con piedras pintadas.

Llamar capital a un lugar como Tifariti puede resultar extraño a ciertos ojos. Los edificios que ejecieran de presidencia y donde residieran los dirigentes de la antaño colonia española fueron transformados en ruinas por el ejército marroquí. Varios organismos de cooperación han construido un hospital, reparado un pozo que suministra agua, plantado un huerto y poco más. Una bandera enorme del país, construida con piedras pintadas, colorea la ladera de una colina vecina, y restos de un avión y un tanque, ahora oxidados, atestiguan los tantas contiendas libradas en esta tierra. Además,una enorme caseta da refugio a unos extraños vehículos de apariencia marciana. Son usados por varias organizaciones para desactivar las tantas minas que la fuerzas reales marroquíes compraron a los Estados Unidos ( quienes tenían que dar salida a los excedentes de la guerra de Vietnam). Pocas son las personas que viven continuamente en este asentamiento. Destacan doce trabajadores de Naciones Unidas que habitan en una de las dos bases que este organismo tiene en este país invisible, una de ellas cercana a Tifariti. Llegar allí me fue sencillo. Tomaba la imperativa ronda de tes con unos saharahuis en una de las escasas sombras, cuando un enorme camión cisterna paró en un pozo cercano a recargar agua. Me acerqué a conocer a su conductor, quien me recibió con un enorme abrazo propio de un mi padre, y un “¿¡Salama! ¿Qué pasa hermano?” con un acento cuanto menos peculiar en aquellas tierras. Resulto ser un operario uruguayo de la cercana base, quien a mi pregunta “¿Cuánto tiempo llevas por aquí?” respondió con un “quince años” que me dejó a cuadros, y remató con un “He estado en muchas zonas del mundo, pero aquí encuentro la gente más pura”.


En la época del Sahara español, estos edificios eran parte del gobierno.

Un tanque marroquí oxidado recuerda las tantas batallas en este territorio.

Tomando te con el uruguayo conductor de NNUU y mis amigos saharahuis.

No soy amante de las estadísticas ni comparaciones, así que ignoro si esa gente es, como el uruguayo bonachón afirmaba, la más pura del mundo. Sí que tengo claro, sin embargo, que el desierto es tierra de superlativos. Ya conocía el “el terreno más caliente de día, el más frío de noche, el más árido, el viento más cortante y otros tantos”. Si bien conviviendo con gentes del desierto, en aquel caso touaregs, en un viaje anterior, entendí y admiré la capacidad humana para adaptarse a lugares de condiciones límites, esta vez comprobaría de nuevo que es uno de los terrenos más dificiles para habitar. Tuve la suerte de poder pasar un par de días en una de las tantas jaimas azarosamente repartidas por la arenosa orografía de este país bizarro. Mi llegada resultó una fiesta. Compartíamos carne de camello, cus-cus con alguna verdura y leche recien ordeñada de este animal, y es que esto era,todo lo que tenían. Aquella lección de que “las cosas más importante no son cosas” era el día a día de mis anfitriones, que todavía guardando el pasaporte de la españa franquista bajo su túnica, me dejaron entrever en el poco tiempo que compartí con ellos su rutina: sentarse en la sombra de su jaima a tomar rondas de te o dentro de ésta cuando las tormentas de arena impiden salir, esperar alguna noticia de los contados vehículos que pasen por esas tierras, y usar éstos para aprovisionarse de agua, cus-cus y noticias. Ocasionalmente se desplazan a algunos de los campos de refugiados a visitar a familiares o para ganar dinero con cualquier oportunidad que aparezca. Y he ahí uno de los pilares de la problemática saharahui. ¿En qué emplearse en un terreno virgen, desértico y discriminado por sus vecinos? Y con el ejemplo predicado aprendí la que probablemente fuera la mejor enseñanza de aquellas personas: la serenidad y felicidad que mantienen pese a la incertidumbre de sus circunstancias.

 
Carne de camello colgando en la jaima donde fui invitado a dormir un par de noches.

Tras pasar tres días en este país necesitado de existir, regresamos a Mauritania por donde habíamos venido, esta vez con tres barriles llenos de gasolina con la que mi amigo conductor ganaría algunos dirhams, y un joven que como tantos otros debía viajar durante tres o cuatro días para alcanzar El Aaiún. Su trayecto de tres días para cubrir una distancia que en linea recta no supera los trescientos kilómetros, era una de las consecuencias del infame muro marroquí, que no sólo vertebró los territorios ocupados de la RASD, si no que separó igualmente a familias, amigos , rompió empleos, la unidad entre personas y dificultó aún más la vida de estos otrora españoles. En muchas jaimas observé que aún se guardan rifles. “Estamos dispuestos a ir a la guerra”, escuché tantas y tantas veces esos días.


Con un amigo saharahui al que ayudamos a salir de la RASD.

Una de tantas tormentas de arena…

Una vez en de vuelta en Zouerat, abordé el tren más largo del mundo (leer historia) junto a unos comerciantes, que veintidós horas después dejó en Nouadibú, desde donde continué mi camino a España. Todavía ignoraba que África me regalaría ese verano un regalo un tanto particular. Había contraído malaria, y aún tendría casi un mes en camas de hospitales para asimilar con más calma todo lo que había aprendido, y seguir soñando con más aventuras en ese maravilloso continente de tez negra.

 

18 Personas dejaron una huella:

  1. 13 diciembre, 2011  16:50 Huella dejada por Fernando Responder

    Sencillamente increible, Antonio ... espectacular. Ni siquiera sabría decirte que parte me gusta más =)

    Sigue así, amigo .. tanto viajando a sitios con los que algunos soñamos, como escribiendo como lo haces.

    Un abrazo =)

    • 23 diciembre, 2011  11:52 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      ¡Muchas gracias por tus palabras Fer!

      La RASD es parte de la Historia de nuestro país, y había que ir al precio que fuera. No me quiero imaginar, el día que vayas tú (por que irás) las fotos que harás con tu arte fotográfico.

      ¡Un abrazo amigo!

  2. 13 diciembre, 2011  21:26 Huella dejada por moonflower Responder

    Increíble, Antonio! Ha habido momentos que se me ha puesto la piel de gallina!

    Casi he sentido yo también esa LIBERTAD que experimentaste al atravesar ese camino casi infinito, al cruzar el desierto.

    Lástima que el viaje concluyese con ese "regalo particular", pero es maravilloso leer ese positivismo que destilas al plantearlo como lo haces.

    Gracias por este relato y por haberme hecho trasladasr un poquito a Mauritania y el Sahara.

    Un abrazo

    • 23 diciembre, 2011  11:58 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      ¡Hola Carol!

      Muchas gracias por tu comentario. Me hace mucha ilusión leerlos.

      Lo del desierto es espectacular. La libertad de cruzarlo así es indescriptible, pero la sensación de mirar por la noche el cielo más estrellado que jamás hayas visto es sobrecogedora donde las haya. El día en que tú misma lo experimentes, que ya sabes que lo harás... ¡verás qué maravilla!

      Yo te animo a hacerlo, y ¡a visitar la RASD!

      ¡Un abrazo!

  3. 16 diciembre, 2011  18:08 Huella dejada por Isaac Responder

    Qué chévere que escribís, brother! Cuando agarro tus artículos no puedo dejar de leerlos hasta el final. Sos bárbaro, pibe. Me recordás a las aventuras de Corto Maltés. O sos una reencarnación de él???

    • 23 diciembre, 2011  12:11 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      Hombre Isaac, ¡Menuda sorpresa leerte de nuevo por aquí!

      ¿Reencarnación de Corto Maltés? ¿Aventurero? ¡Qué va,pibe! Ya sabés, por los correos que de vez en cuando nos enviamos, que ando lejos de ser algo así...

      Conocer a estos compadres del desierto era para mi como un deber. Son amigos de mi país, otros españoles más, ¿viste? Su historia y la nuestra van de la manita, y además es una zona muy especial de este planeta. Aunque tuviéramos que manejar el carro por dos días me alegré mucho de haber ido.

      Un fuerte abrazo amigo, que pases unas fiestas bien chéveres, tanto si te quedás en Caminito como si te vas a La Pampa.

  4. 25 diciembre, 2011  21:49 Huella dejada por Merche, Javier y Öscar Responder

    Feliz Navidad para todos los tios grandes y todo lo mejor para el próximo año, te esperamos para hacer una incursión por el Pirineo, eso si solo quiero que la escapada sea mas aburguesada que estos viajes que haces, queremos cama y techo por lo menos la abu y yo, Oscar y Javier seguro que desean un poco mas de aventura.
    Te queremos mucho, besicos maños
    Javier, Oscar, la abu y Merche

    • 27 diciembre, 2011  11:45 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      ¡Anda qué sorpresa de comentario!

      ¡Marchando una de Pirineo como burgueses para Febrero!

      Para la abuela,IMPORTANTE: El techo y cama son secundarios, pero en croquetas de la casa que no escatime ni un ápice. Sin eso no nos vamos.

      Besos a todos.

  5. 17 enero, 2012  13:35 Huella dejada por Victor Responder

    Para cuando alguna aventura así juntos?? La lástima es que yo ahora mismo en mi situación no dispongo de tanto tiempo, pero desde luego no sería por ganas de hacerlo. Se nos quedó pendiente lo de Turquía (aunque no tenía el mismo aroma aventurero que este), pero acabaremos yendo juntos a algún lado.

    Un abrazo!

    • 15 febrero, 2012  16:16 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      Victor, amigo, descuida que estas cosas llegan cuando menos te las esperas, yo nunca he planeado ninguna, como bien sabes. ¡A saber en qué historia nos metemos! Lo importante es que nos pille en el camino, y eso ya sí que depende de nosotros, así que ya sabemos qué tenemos que hacer...

      ¡Un abrazo!

  6. 22 marzo, 2012  14:47 Huella dejada por Isaac (Viajeschavetas) Responder

    Me apunto a esa aventura con vosotros Maka y Antonio. De momento solo queria decirte señor Aguilar, que mientras no escribes ese libro que espero de tus aventuras, te he metido en mi lista liebster esta de marras que ahora tan de moda está

    Un abrazo a todos ;)

    • 2 abril, 2012  23:40 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      Muchísimas gracias Isaac, por tu comentario, y por incluirme en esa lista. Es para mi todo un honor viniendo de quien viene.

      Espero que la aventura no tarde mucho en llegar...

      ¡Un abrazo fuerte!

  7. 2 junio, 2012  21:35 Huella dejada por lluvia Responder

    Fascinante...

    es curioso leerte anécdotas contadas en persona, y ver las imágenes, ponerle cara al Uruguayo.. ver la bandera de piedras pintadas.. :) cómo te dejas empapar de las gentes y sus bondades.. y cómo nunca te rindes, y aunque algo parezca caso cerrado.. allá que te pones a caminar bajo el Lorenzo hacia el taller en las afueras, a la caza de la llave que abrirá la puerta a tus metas! BRAVO!

    • 14 junio, 2012  17:46 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      Muchas gracias por tu comentario, Lluvia.

      Un buen amigo decía siempre que "Dios aprieta, pero no ahoga", y "Por encima de la tormenta, siempre brilla el Sol". Viajando hay que tener constancia, y ser muy cabezón para llegar a ciertos sitios. Al final, en (casi) todos los lugares hay personas, y no hay nadie imposible...

      ¡Gracias de nuevo!

  8. 26 julio, 2012  9:50 Huella dejada por aurora Responder

    Interesantísimo el relato de este viaje. Gracias por traernos de nuevo la historia de este país del que parece que ya nadie habla. Un saludo y sigue viajando así para que podamos seguir leyéndote.
    saludos!

    • 1 octubre, 2012  11:11 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      Hola Aurora. ¡Muchas gracias por tu comentario!

      Sí, parece que la RASD y el Sahara Occidental han caído en el olvido. ¿Otra estrategia política más? Yo creo que este conflicto tomaría otro rumbo si el problema fuera conocido por la opinión pública. Tristemente, ni en España, que sigue siendo el país colonizador, en términos legales, ocurre tal cosa.

      ¡Gracias de nuevo y enhorabuena por tu página!

  9. 30 octubre, 2012  0:14 Huella dejada por Marcos Responder

    Bueno, me estoy comiendo tu blog a los atracones, y me encanta, me sorprende y me da ganas de salir a recorrer el mundo en este instante. Es todo tan fuera de lo común (o de "mi común") lo que vivís que muchas cosas necesito leerlas dos o tres veces para poder asimilarlas.
    Te felicito por animarte, por descubrir y por internarte en reaidades tan distintas a las que estamos acostumbrados a vivir.
    Saludos!!

    • 16 mayo, 2013  11:22 Huella dejada por Antonio Aguilar Responder

      ¡Muchas gracias por tu comentario Marcos!

      Viajar por África es una maravilla. Es el continente del misterio y la magia. Te animo a conocerlo, verás qué de historias te ocurren sin quererlo.

      ¡Saludos!

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