Despierto en casa de Ali (lee aquí la historia), quien recoloca sobre la bandeja las frutas que han sobrado de la cena y tuesta pan para untar mermelada. Yo recojo las mantas sobre las que hemos dormido en el suelo mientras le cuento mi plan de conocer algunos pueblos de la región. Al bueno de Ali le parece totalmente descabellada la idea de que viaje en autostop, por mucho que le cuente que ya le he dado la vuelta a su país así. “¿Quién te va a recoger si no hablas farsi? En los pueblos pequeños nadie habla inglés. ¿Cómo vas a saber qué carretera va adonde tú quieres ir? Ahora se hace de noche cada vez más pronto, y en esos pueblos no hay transporte hasta Mashad.” Salí por la puerta con la promesa de que volvería a visitarlo pronto. Él, con la de rezar al imán Ali Reza por mi frente a su misma tumba.


Conseguir abandonar a dedo de una ciudad de más de tres millones de habitantes no suele ser sencillo es un buen reto. Carreteras y autopistas cada vez más grandes, poco o ningún espacio muerto para que los vehículos paren, sumado a la velocidad de éstos e incorporaciones con escasa visibilidad… Todo suele confabular en contra. Pero en este planeta alguien inventó la hospitalidad, y los iraníes la reinventaron. Pregunto en un semáforo y rápidamente un vehículo me deja en una gasolinera de las afueras y otro al comienzo de la carretera que iba en mi dirección. Poco después, voy en un tercer coche en el que recorro más de doscientos kilómetros entre el árido paisaje de la provincia de Jorasán Razavi.

Pastores junto a las carreteras de Irán.

“¿Afganistán?”, me gritan desde la distancia. El pueblo en el que he bajado es el último antes del puesto fronterizo, y los taxistas suelen llevar gente hasta allí. Ojalá, pienso para mis adentros. Afganistán es uno de los países que más ganas tengo de conocer y sólo el sonido de sus cuatro sílabas me suena a música. Echo a andar por el arcén de la carretera a medio asfaltar, por la que no dejaban de adelantarme camiones con matrículas iraníes y afganas, pero ninguno frena ni un ápice. He leído muchas historias rocambolescas de Afganistán, y confieso que tengo más interés en que algún conductor pare y poder escuchar otras de su propia boca que por avanzar kilómetros. Finalmente para un coche pequeño y algo destartalado. Lo conduce Mohamed, un chico de veinticuatro años que hablaba inglés tan bien como yo farsi (es decir, cuatro palabras y para de contar), pero que tiene que pasar por el mismo pueblo al que yo voy. Por carambolas de la vida, antes de eso Mohamed tiene que ir hasta la misma frontera afgana a comprar una lavadora, así que tras adelantar a todos esos camiones, unos minutos después me veo a pocos metros de un país al que me moría por cruzar, pero con el pasaporte huérfano de un visado que me lo permita. Otra vez será, insha’Allah.

Las montañas del fondo: Afganistán.

Mohamed me cuenta que en el lado iraní de la frontera conductores de ambos países venden mercancías de segunda mano para complementar sus sueldos. La lavadora que llevamos, fabricada en la Rusia soviética, no aparenta haber pasado por menos de cuatro o cinco dueños y parece más una pieza de museo con una buena historia que contar que un electrodoméstico al que le espera una nueva casa. Inevitablemente me acuerdo de aquella vez en Mauritania en la que ayudé a Yussuf a vender electrodomésticos desgastados que iban a tirarse en Europa y con los que se costearía el viaje hasta su Burkina Faso natal. Quiero pensar que la realidad se conjuga con historias que no basta con mirar para poder ver. ¿Cuántas otras conexiones habrá entre el África Sahariana y Oriente Medio que no esté viendo?

Seguimos camino atravesando pueblecitos y aldeas – al pedírselo, Mohamed entra en todos para que pueda verlos bien y enseñarme sus mezquitas y baños tradicionales – hasta que finalmente llegamos a Nashtifan. El nombre de este pueblo puede traducirse como “el aguijón de la tormenta”, lo que resulta cuanto menos escalofriante sabiendo que la zona es azotada un tercio del año por vientos que sobrepasan las decenas de kilómetros por hora. Gracias a ellos allí siguen en pie unos peculiares molinos, que son el primer lugar que quería visitar ese día.

La primera sorpresa me la llevo al ir a despedirme de Mohamed cuando me dice que se queda conmigo a pasar el día. Llevo ya muchas muestras espontáneas de afecto como éstas en lo que va de viaje, pero uno no se acostumbra. ¡Cómo me va a costar despedirme de Irán y de su gente! Gracias a él localizamos rápidamente la casa del señor Ali Muhammed Etebari, descendiente de una familia que lleva generaciones cuidando los molinos, y tras recibirnos camina con nosotros para enseñárnoslos.

Parece ser que los molinos se inventaron en esa misma tierra alrededor del siglo V, cuando la dinastía sasánida gobernaba en Persia. Desde allí fueron posteriormente extendiéndose hasta India y China por el este, y hasta Europa por el oeste. Los que tengo delante son de los más antiguos que se conservan en el mundo. ¡Casi ná! Cuesta pensar que esas estructuras gigantonas, que con sus veinte metros de altura aterrarían a cualquier quijote, lleven allí la friolera de un milenio viendo cómo manos de diferentes credos, vestimentas, lenguas y costumbres muelen grano. O mejor dicho, cómo esas manos han sabido levantar con paja, barro y madera aquellos armatostes y aprovechar el viento para molerlo. Se construyen en el lugar más alto del pueblo, aprovechando así mejor las corrientes y, de paso, protegiendo a las casas de las viento. Ali nos muestra el interior de uno de ellos y su voz serena se entremezcla con el chirriar del eje del molino, mientras ambos parecen decir la misma cosa: ¿Quién seguirá cuidándolos cuando él no esté?

El entrañable señor Etebari mostrándonos el interior de los molinos.

Igual que el viento ha movido las aspas de estos molinos durante siglos, la modernización mueve ahora a la gente a ciudades más grandes. Hoy los molinos son menos voluminosos, más eficientes y sumamente más rápidos. Además, la corriente eléctrica hace que no haya que esperar a que el aire se mueva para producir harina. Hoy en Nashtifan sólo algún nostálgico sigue usando, de forma anecdótica, los molinos. Quizá el siguiente en abrirlos, cuando el señor Etebari haya cerrado sus puertas para siempre, lo haga para convertirlos en un museo. O quizá los mismos vendavales que fueron su motor durante siglos se encarguen de irlos erosionando lentamente hasta convertirlos en el mismo polvo y arena que dibujan todo el paisaje de la región. ¿Quién está en disposición de juzgar qué es el progreso? Quizá lo más chocante sea ver cómo esta región, que durante siglos fue un corredor para el intercambio económico y cultural entre el Europa y Asia y que absorbió cual esponja los avances de ambos, se nutra ahora de las migas del banquete de ambos continentes.

Tumbas y casas en el Nashtifan antiguo, junto a los molinos.

Tras la visita Mohamed me lleva al pueblo de su madre. Vive en una casa sencilla en la que soy recibido cumpliendo todos los clásicos de la hospitalidad iraní: me pone un vasito de té en la mano y se asegura de que no salga de su hogar con hueco en el estómago. Los tres rodeamos un mantel en el suelo que sirve de mesa – otro clásico en Irán – y almorzamos mientras me muestra un álbum de fotografías. Apenas entiendo alguna palabra de lo me va contando mientras desliza entre sus dedos imágenes en blanco y negro de sus padres en ropajes tradicionales, del día de su boda, de peregrinaciones a los santuarios chiitas de Irak o a mausoleos de poetas. También aparecen estampas de un Irán anterior a la dictadura ayatolá que hoy gobierna el país y con ellas la voz se le entrecorta. Lo poco que Mohamed llega a traducirme me deja clara la nostalgia de su madre por una libertad que ya no existe en Irán, y la suya propia por una época de su país que él ni siquiera conoció. Esto, desgraciadamente es otro clásico que he escuchado a lo largo de todo el país. Otro álbum y aún otro té después, ponemos rumbo de regreso.

Me despido de Mohamed y su madre en Torbat-e-Jam. En este pueblo está enterrado Sheikh Ahmad-e Jami, un erudito, poeta y místico del siglo XI que lleva desde entonces influyendo a escuelas sufíes – la rama mística del Islam – de todo el mundo. Sus libros y enseñanzas siguen estudiándose en las tariqas actuales, y música en su honor resuena en festivales cada año. Descalzo y con la noche ya cerrada crucé la puerta del mausoleo que acoge sus restos. La tumba del santo preside el patio y un bonito árbol de pistacho le da sombra. Tumbas de otros sufíes se reparten azarosamente por el patio, y el portero y dos fieles que con prisas de última hora vienen a rezar somos los únicos que campamos por allí. Da la sensación de que si grito, el eco vaya a reverberar por todo el complejo. El portero me enseñó algunas dependencias cerradas. La mayoría era enormes salones diáfanos con techos abovedados cuyas dimensiones atestiguaban la importancia del complejo en el pasado, y, sobre todo el poco mantenimiento que recibe hoy. En la oscuridad y soledad el lugar tiene cierta magia, y con ella me quedo hasta que el portero señalándose el reloj me invita a salir.

Quiero visitar el otro mazar – mausoleo persa – del pueblo, el del sufí Qasem-e Anvar, pero claramente ya llego tarde. Mil veces he querido viajar en el tiempo y ver los lugares que visito en su época de esplendor (entre otros motivos, para saber cuánto de lo que cuenta la Historia es cierto), y caminando por la calle comercial del Torbat-e-Jam me rumia en la cabeza la imagen de cómo habrían sido los tiempos dorados de este pueblo. Pienso en el propio Sheikh Ahmad enseñando a peregrinos del sur de Turkmenistán o el oeste de Afganistán llegados en camellos, burros y a pie para escuchar sus enseñanzas. Pienso en comerciantes y caravaneros haciendo parada en algún caravanserai cercano, cuando los polvorientos caminos de la zona eran parte de la mítica Ruta de la Seda. Pienso también en los bandidos que atracaban esos caminos, y en la ilusión de quien iba a escuchar a un maestro cuando los libros – entonces todos estaban escritos a mano – eran un objeto tan inalcanzable para el pueblo llano como lo era saberlos leer. Pienso en Alejandro Magno y los miles que le acompañaron, y en Marco Polo, por mencionar solo a dos de los que en su día pasaron por allí escribiendo la Historia. Pienso en esas vidas de ritmos más pausados y en qué dirían las gentes de aquellas épocas al saber que ese día me he movido más de cuatrocientos kilómetros y que estoy buscando cómo hacer los que me quedan hasta llegar a Mashad.

– ¿Real Madrid? ¿Barcelona? Al girarme estupefacto veo al portero del mausoleo, que sabe que soy español, llamarme junto a unos amigos desde un humilde puesto de recargas telefónicas. El fútbol vuelve una vez más a unir más que el pasaporte, el color de la piel o la fe. Preparan un té para acompañar el rato que echamos charlando. Charlando, todo sea dicho, gracias a un amigo que habla inglés, a quien llaman por teléfono y que nos hace de traductor a todos. Pienso en el careto incrédulo que se le quedaría a Sheikh Ahmad o aquellos caravaneros si puedieran ver por un agujerito la escena que estoy viviendo y comprobar los avances de nuestro tiempo, y me da repelú imaginar qué dejaría mi rostro con una cara igual de ojiplática si me dejaran ver a mi cómo anda el mundo dentro de un milenio.

Con el amigo del amigo de uno de ellos acabo regresando a Mashad, donde me reúno de nuevo con Ali y su primo, un chaval de gestos toscos que había llegado a Mashad para trabajar en un taller mecánico. Le encantaban las motos y su forma de demostrárnoslo fue llevarnos a Ali y a mi a toda pastilla entre el caótico tráfico de Mashad mientras ambos dos, muertos de miedo, sólo le gritamos que frene.

El primo de Ali, Ali y un servidor.

– Antonio, ¿tú estás casado?

– No, no lo estoy.

– ¿Nunca has tenido una novia, verdad?

– Sí, de hecho vivo con ella.

La cara de Ali – y la de su primo al escuchar la traducción- eran un auténtico poema. No sé si están más sorprendidos de que haya tenido novias o de que viva con ella sin estar casado.

– Dinos la verdad: ¿Es por el sexo? Si no estás casado, ¿tienes una novia sólo por el sexo, no?, preguntan estupefactos. Sabemos que en Europa se puede tener novias antes de casarse para poder tener sexo.

– ¡Anda ya, Ali!, ¡Qué chorradas dices!

Pero aquello dista mucho de ser una chorrada. Conversaciones como estas acercan mucho más a la realidad de los países que visitar sus museos o curiosear por los mercados. Paso el resto de la noche tratando de explicar a mis anfitriones lo alejadas de la realidad que están sus palabras y desmontando tópicos sobre nuestras sociedades. Tienen, evidentemente, tantos como nosotros tenemos de las suyas. Por dentro, no dejo de maldecir al cine internacional que tantos estereotipos importa; a ayatolás de todo pelaje, dogmas del Medievo Inferior y a los mecanismos que hacen que en una época en la que con dos clicks podemos hablar en alta resolución con alguien que está en la otra punta del mundo no nos interese saber cómo piensan en el país de al lado.

A la mañana siguiente decido ir a Kang, un pueblecito en una serranía cercana a Mashad. Al enterarse el primo de Ali me dice que él nació en el pueblo vecino. “¿Es bonito Kang?” – le pregunto-. “¿Bonito? ¿Pero qué diantres vas a hacer en Kang? Allí no hay nada que ver.” Ambos me acercan a una parada de metro y me dicen que baje en la última estación, ya que justo allí para un bus que va Kang. Cuando llego me entero de que el autobús hace rato que se fue y que solo hay otro más, que pasará por la tarde. Al final me voy a dedo y los cincuenta kilómetros que me separan del pueblo me acaban tomando varias horas, recorriendo un camino de tierra en el que de nuevo cada persona o familia que me acerca unos kilómetros me acaba invitando al omnipresente té e incluso a almorzar. Es una buena oportunidad para conocer la cara rural del país, con casitas modestas y pequeñas granjas.

Llevo ya más de tres semanas en el país y claramente he bebido más té que agua, lo que quiere decir que he conocido a mucha, mucha gente. Personas sin más interés en mi que conocerme y compartir un rato conmigo. El mismo que yo tengo en ellos. Me han recogido haciendo autostop, hablado al verme pedir en un restaurante o preguntar por alguna dirección. La mayoría de las veces no hay lengua en común, y algún amigo nos traduce telefónicamente. A fecha de hoy sigo en contacto con muchos de ellos, no paran de pedirme que vuelva y uno de ellos incluso me invitó a su boda. Pero si hay un denominador común en toda la geografía del país es la pregunta «¿Tú también pensabas que en Irán somos terroristas?». A pesar de tener Internet, televisión, radio y prensa censurados, ninguno ignora la demonización que sufre su país por los medios extranjeros. Quizá la más injusta de las que he conocido.

Cuando veo Kang desde lejos sé que no me han engañado: es pequeño, pero si lo recorro entero voy a acabar exhausto. Sus callejones serpenteantes están tan inclinados que sus habitantes usan burros para mover mercancías y a veces a ellos mismos. Más que un pueblo, parece un panel de abejas con casas levantándose sobre los techos de otras casas, puentes de madera comunicándolas o cruzando los callejones y un laberinto de estructuras destartaladas en el que todos los que viven se conocen por su nombre. Es imposible no quererlo recorrer entero.

El reinante silencio sepulcral que solo rompen los pájaros, su atmósfera de pueblecito de provincias con ancianos en las puertas de las casas, puentes con troncos entre sus calles, casas construidas sobre los techos de otras cosas vendedor que una vez por semana trae fruta, verduras y legumbres, mujeres con ropajes más vivos que el negro chador imperativo en el resto del país De todos los lugares fuera de las rutas más habituales que he visitado en Irán, Kang es sin duda el que tiene más encanto.

El sol empezaba a caer y con la sombra el pueblo se volvió rápidamente frío. El invierno aquí debe ser de aúpa, pienso, mientras camino fuera del pueblo pensando en cómo volver. Pero esa será otra historia.